10.11.09

Al paro nacional


Ni el más convencido, y ni siquiera el más vendido de los opinadores del régimen, podrá negar la insensibilidad, la arbitrariedad y el desaseo legal empeñados en la extinción de Luz y Fuerza del Centro y en el intento de liquidar al Sindicato Mexicano de Electricistas. “Impresentable” o “indefendible”, llaman a esa organización gremial los voceros oficiosos del calderonato, pero se abstienen de medir el grado de indefendibilidad del poder público para el cual trabajan o el de aliados políticos tan preciosos como Marín, Ruiz, Gordillo o Romero Deschamps; “corruptos”, acusan a los trabajadores porque éstos han logrado salarios decentes y condiciones de trabajo dignas, pero se callan la boca y escurren la pluma ante los hechos de un régimen que reparte contratos más que sospechosos y que los privilegios y los lujos de sus integrantes; “violentos”, claman ante la decisión de los electricistas sindicalizados de resistir el decreto de su extinción, pero omiten toda referencia al uso de la policía y de Lozano Alarcón —una fuerza de choque en sí mismo— por parte del gobierno espurio; “subversivos”, gritarán mañana a quienes respalden el paro nacional convocado por los trabajadores afectados, pero no dirán una palabra sobre una medida gubernamental adoptada a contrapelo del orden constitucional y de efectos evidentemente desestabilizadores. Los soldados mediáticos del régimen —para parafrasear la autodefinición de Azcárraga papá— insultan y calumnian a placer al SME y a sus integrantes, pero no tienen un solo argumento para justificar el decreto emitido el 10 de octubre por Felipe Calderón. Y no lo tienen porque no lo hay.

Salvo, desde luego, la toma de la Presidencia de la república mediante una maniobra no demasiado diferente a la que tuvo lugar en junio pasado en Honduras, ninguna de las muchas cosas abominables perpetradas a partir de 2006 por la mafia gobernante había sido tan claramente lesiva para el interés nacional, y ninguna había sido adoptada en forma tan abusiva, como la extinción de Luz y Fuerza. La resistencia social al decretazo tiene, por ello, motivos y posibilidades tan amplios como la lucha ciudadana contra la privatización de la industria petrolera. O más.

Y es que, más allá de la apreciación sobre la circunstancia de Luz y Fuerza o sobre la naturaleza del SME , el paro nacional convocado para mañana por esa organización puede ser visto y adoptado por sectores que trascienden a las izquierdas partidistas, cívicas y sindicales, como su primera gran oportunidad de confrontar al régimen y de explorar la posibilidad real de marcarle un alto.

El abuso sistemático de los gobernantes, la mentira regular de sus corifeos, la frivolidad y la insolencia de los juniors de Morelia, han logrado hartar a mucha gente que no necesariamente está enlistada en el movimiento lopezobradorista ni en ninguna otra de las expresiones de oposición real al calderonato. La perspectiva de establecer en las leyes nacionales la figura del referéndum revocatorio es, por hoy, demasiado incierta y difusa; el voto de castigo en 2012 contra una clase política que se sabe servir con la cuchara grande del plato de dineros públicos resulta lejano y, a la vista de los fraudes electorales operados desde el poder en meses recientes, infructuoso.

El paro nacional, aquí y ahora, es, en cambio, una vía concreta para iniciar la recuperación del poder usurpado a la ciudadanía por sus supuestos representantes y una manera concreta (y pacífica, y civilizada) de recordarles a gobernantes, funcionarios y legisladores, que la sociedad no está manca. Cabe esperar, por eso, que funcione y que tenga eco. La disuasión social frente a los secuestradores de las instituciones es fundamental para devolver al país al cauce de legalidad, convivencia armónica e imperio de la ley del que fue apartado en 2006. La de mañana es una gran oportunidad para ensayarla y, a no dudarlo, una de las últimas.


9.11.09

Sobre el desarrollo jumano

"al igual que muchos familiares y mexicanos que estamos consternados con este tipo de mensajes que tiene la vida y nos arranca a los seres útiles para el desarrollo jumano.sirve para crecer, ejemplo de vida juan c ...amilo, se que si no nos estas viendo si nos estas sintiendo por alguna parte del universo en donde se a ciencia cierta que ya te asignaron alguna parte para organizar amorosamente sus contenidos y disfrutemos de una mejor comunicación con el. gracias por tu ejemplo y se que cada uno de nosotros desde su trinchera sabrá dignamente asumir y poner nuestro granito de arena, dios te vendiga juan camilo por tu valor, ejemplo y entraga que hasta la última línea supiste mantenerte de pié."

Vayan nomás a echar un lente y absténganse de agredir, que de este lado sí hay civilidad y modales:

8.11.09

Posicionamiento
del Grupo Sur

SOBRE
LUZ Y FUERZA DEL CENTRO

Y EL
SINDICATO MEXICANO DE ELECTRICISTAS


El pasado 10 de octubre, el régimen que encabeza Felipe Calderón decretó la “extinción” de la entidad pública Luz y Fuerza del Centro (LFC) y la liquidación de sus trabajadores, agrupados en el Sindicato Mexicano de Electricistas (SME). Fue una medida violatoria de la Constitución que tendría que dar lugar al juicio político y la destitución del presidente en funciones, según los términos de los artículos 110 y 111 constitucionales.

Al margen de las implicaciones legales referidas, el golpe de mano del 10 de octubre contra Luz y Fuerza LFC y contra sus 44 mil trabajadores sindicalizados fue la culminación de una estrategia injusta, grotesca y tramposa de destrucción deliberada de una empresa propiedad de la nación, así como un intento descarado por convertir en botín de empresas privadas la infraestructura de fibra óptica de LFC y sus posibilidades de ofrecer servicios de triple play por medio de su red eléctrica. Se ha perpetrado una intromisión inaceptable en la vida interna del sindicato. La maquinaria mediática del régimen ha emprendido el linchamiento propagandístico de los trabajadores y la formación de un consenso basado en las distorsiones oficiales sobre la paraestatal. Por añadidura, se ha buscado criminalizar las conquistas laborales y presentarlas como consecuencia de prácticas corruptas. En esa medida, la desaparición arbitraria de LFC y el despido masivo de sus trabajadores fue un acto hostil contra el conjunto de la población, de las oposiciones sociales y políticas y de las izquierdas del país: el régimen no tolerará obstáculos ni frenos a un nuevo ciclo de desarrollo neoliberal, al empeño de desmantelar las conquistas laborales y al designio de depredar lo que queda de propiedad pública. Ante la imposibilidad de crear nueva riqueza, la oligarquía gobernante busca apropiarse, mediante el despojo, de la riqueza ya creada.

El golpe contra LFC busca privar a la nación en general de conocimiento y tradición obrera acumulados durante décadas por el SME, en lo que constituye un nuevo capítulo de la devaluación deliberada de la población nacional vía contenciones salariales, deterioro de los sistemas educativo y de salud, pérdida de derechos y conquistas, erosión de las condiciones de vivienda, seguridad, transporte, etc. Es una nueva ofensiva que pondrá en peligro derechos y conquistas más generales, la autonomía universitaria y la presencia del Estado en la salud y en la educación, como se perfila en la “reforma fiscal” recientemente aprobada. La forma (discrecionalidad, arbitrariedad) y el fondo (inconstitucionalidad, sentido antinacional) de la medida denotan un golpe al Estado de derecho.

En el entorno de hegemonía corporativa ejercida por el poder público sobre los sindicatos, el SME; sin estar exento de vicios propios de ese contexto, ha sido un factor de articulación para las izquierdas y las causas progresistas, un punto de confluencia ineludible entre las luchas sociales y las instituciones, entre las resistencias civiles radicales —Atenco, Oaxaca, el zapatismo—, las luchas universitarias y el movimiento lopezobradorista. Para el calderonato, se trata de un símbolo a destruir, y de un articulador de sus propios empeños: el de aislamiento político, el de linchamiento propagandístico y mediático, el de acoso jurídico y el represivo.

Por ello, la ofensiva oficial contra el SME y el decreto de extinción de LFC han creado una posibilidad de ruptura política sin precedente desde el inicio del ciclo de gobiernos neoliberales. Las medidas del régimen constituyen un acto de desestabilización y una declaración de guerra contra el proyecto nacional enarbolado por las izquierdas de este país a lo largo de un siglo.

Esta ofensiva genera la necesidad de una convergencia amplia de las oposiciones, las resistencias y las disidencias —políticas, regionales, sectoriales, de clase— en torno a la solidaridad con los electricistas. En el momento actual, todos los segmentos políticos y sociales que se definen como de izquierda y progresistas, tienen el deber de incorporarse a la lucha por la defensa de LFC y del SME, por encima de diferencias ideológicas y programáticas.

La violencia empleada por el régimen para liquidar a LFC y al SME hará inevitable la radicalización de las medidas de resistencia. Se ha hecho evidente la necesidad de medidas contundentes y de alcance nacional capaces de detener la ofensiva del gobierno. La organización sindical de los electricistas ha convocado a un paro nacional para el próximo 11 de noviembre. Será una jornada crítica y decisiva de la lucha por la soberanía popular, la democracia y la defensa del sector energético —petróleo y electricidad— de México. Los integrantes del Grupo Sur llamamos a todos los sectores progresistas, populares y de izquierda a empeñar todos los esfuerzos de unidad en la acción para lograr el éxito del paro nacional y de las otras medidas de resistencia que se realicen para impedir la extinción de Luz y Fuerza del Centro y la desaparición del Sindicato Mexicano de Electricistas.

México, D.F., 7 de noviembre de 2009

Carlos Payán, Guillermo Almeyra, Cristina Barros, Víctor Flores Olea, Armando Bartra, John Saxe Fernández, Marco Buenrostro, Elvira Concheiro, Héctor Díaz Polanco, Gerardo de la Fuente, Rosa Elena Gaspar de Alba, Epigmenio Ibarra, Massimo Modonesi, Lucio Oliver, Pedro Miguel, Consuelo Sánchez, Gabriel Vargas Lozano, Mario Zepeda, Sergio Zermeño

5.11.09

El último suspiro
del Conquistador / IX

La llamada “armadura de Hernán Cortés”, sobre el
campanario del Hospital de Jesús, en México, D.F. Foto de
Tzitzimitl

I
ván se quebró en el primer encuentro con aquel cliente mayor, una vestida que pedía y daba más ternura que placer y que no hizo nada por humillarlo ni por hacerlo sentir como un vendedor de su propia dignidad, que era como el propio Iván se sentía. Y además iba mal del cuerpo: todas las células de su organismo ladraban por una sustancia que no estaba ahí pero que había dejado su recuerdo doloroso e imperioso. En esas condiciones, Iván no encontró otra salida que llorar su desgracia en los brazos de don Rufina, y ésta no halló nada más pertinente que consagrarse a reconstruir a aquel muchacho.


—Vente a vivir conmigo —le dijo—. Yo te protegeré, te daré de comer, te llevaré a una clínica para que te saquen esa porquería del cuerpo.

—Tú lo que quieres es coger gratis —dijo Iván con pronunciación dificultosa, atrapado entre un sollozo y una temblorina.

—Qué tonto eres —le explicó ella, sin inmutarse, mientras le rascaba el cuero cabelludo—. Más bien te estoy ofreciendo amor gratis. Si tú no quieres, no hay sexo.

Horas después, don Rufina llevó a Iván, casi de la mano, a un centro de desintoxicación. Cuando lo dieron de alta, lo hizo partícipe de su negocio y pagó sin regatear las deudas contraídas por el joven. En cuestión de mes y medio, Iván estaba limpio de drogas y de deudas, y aunque don Rufina no lo retuvo a su lado, se fue quedando con ella, y de cuando en cuando hasta se acomedía a darle un poco de placer. Pero no pudo conciliar sus emociones contrarias: sentía gratitud hacia la mujer y en cierta forma la quería, pero al mismo tiempo le daba vergüenza el permitirse tales afectos con uno que, por más vueltas que le diera, era hombre, un pinche puto que se había aprovechado de un momento de debilidad para enamorarlo. Iván se sabía y se sentía machito, y si hasta entonces había acompañado en la cama a algunos (bueno, a muchos) hombres, aquello había sido un mero asunto profesional, cámara, por dinero para unas dosis: su vicio era la jeringa, no el puñal, cómo creen. A don Rufina le tenía agradecimiento pero también la odiaba: le revolvía el estómago el verse a sí mismo adoptar actitudes de niño necesitado de afecto ante una mamá con pito y huevos. Y le cagaba, le cagaba, porque se conocía, y sabía que tarde o temprano iba a cobrarle a su benefactora toda la degradación que le había hecho sentir.

* * *

Bernal Díaz del Castillo afirma que Hernán Cortés abandonó Sevilla, harto de las muchas personas que allí le importunaban, clausuró la casa que poseía en la ciudad y se refugió en Castilleja de la Cuesta, un pueblito de los alrededores, en la residencia de su amigo Juan Rodríguez, en donde, a decir de López de Gómara, se le agravó la cagalera que venía padeciendo desde tiempo antes. Consta que en su último destino en vida estuvo acompañado por el doctor Cristóbal Méndez, su compadre, por fray Pedro de Zaldívar, prior del monasterio de San Isidoro, y por una Juana o María de Quintanilla, “probablemente curandera” que fue llevada de Valladolid, según consta en la biografía del Conquistador escrita por José Luis Martínez. En ese mismo texto se cita que, tras la muerte de Cortés, el administrador Juan Galvarro pagó a esa mujer 50 ducados “por su trabajo”, sin que quede claro cuál fue, y que se le proporcionó un vestido de luto. Después de eso, Juana o María de Quintanilla desaparece de la historia.

* * *

Andrés vagó por las calles del centro, almorzó quesadillas de longaniza en la fonda más insalubre que encontró y decidió tomar distancia con respecto a Jacinta. Se sentía saturado por los enredos truculentos en los que ella lo metía y necesitaba pensar y descansar. Pero no quería desaparecer de su radar, así que se sentó en una banca de la Plaza de la Ciudadela y marcó en su teléfono celular el número de ella. “Qué locura —pensó—, estamos usando enlaces de Francia para llamadas locales en el DF. Tengo que conseguirme un teléfono mexicano.” Ella respondió y no le dio margen de nada:

—Ya salimos del hospital —le dijo a boca de jarro—. Vamos camino a casa de mis papás... bueno, de mi mamá... Es que... pasaron cosas que... luego te explico. La dejo en la casa y me voy para el hotel. Tenemos que ir a La Lagunilla a buscar el frasco, ¿eh?

—Me voy a cambiar de hotel —repuso Andrés, con tono que quería ser resuelto.

—¿No te agrada ese? —terció ella, captando algo que no era—. ¿Por qué no me esperas a que llegue y lo platicamos? A veces me gusta que me tomen tantito en cuenta, ¿sabes?

—Está bien —dobló él la cerviz—. ¿A qué hora nos vemos en el hotel?

* * *

—Me has seguido por la mitad del mundo —le recordó don Hernando—. Has trastocado tus humanas horas de sueño para velar las mías. Abandonaste tu pueblo, a tu familia, para venir en pos de mí. Y ahora te niegas a un trabajo tan holgado y sencillo como vestirte de mujer.

—Yo me llamaba Kan, que es nombre de varón, y tú me bautizaste Tomás, que es en Castilla lo mismo que mi nombre, pero tal vez no: tal vez debiste llamarme serpiente, que es lo que significa Kan, y no gemelo. A ti te confundieron tu cura Jerónimo y tu Marina, porque en idioma mexicano Cóatl, que es Kan, quiere decir también gemelo, al igual que Tomás, que también es nombre de varón. ¿Por qué quieres que me vista de mujer si no lo soy?

—Para que pases inadvertido —se desesperó el Conquistador—. No han de saber que un brujo maya me acompaña en mis horas postreras. Podrían acusarte de haberme matado, podrían cortarte la cabeza. Quiero que llegues a Castilleja vestido de mujer, que vestido de mujer abordes una nao de regreso a las Indias, y que te pierdas para siempre.

* * *

Cuando don Rufina entró a la bodega, le hizo falta la luz. La tarde en las calles estaba muy luminosa, así que le resultó insuficiente la iluminación natural que llegaba al recinto por medio de dos tragaluces de bloc de vidrio. Dejó sus bolsas en el piso para encender el interruptor y vio a Iván, sentado en el sofá que ella misma había rescatado de la basura. Le notó un brillo inusual en los ojos y una tensión en los músculos que se dejaba adivinar a través de la ropa. Le preguntó qué hacía allí y el joven no le respondió.

—Ay comprendió de golpe—. Ya te volviste a meter quién sabe qué cochinada.

Iván se incorporó sin prisa y hurgó con la mirada por entre el caos de objetos de la bodega. Identificó las formas de un tripié de aluminio, de un bambineto manchado, de una cacerola de hierro colado, de una caja sin abrir de videocasets Betamax, de un portaviandas de aluminio: nada útil. Caminó hacia don Rufina con la vista clavada en los anaqueles de la pared y entonces dio con una bacinica de peltre repleta de llaves viejas y, sin reflexionar sobre la incoherencia del conjunto, lo sopesó con las dos manos, lo encontró lo suficientemente masivo y, sin decir palabra, se lo arrojó con violencia a su pareja. El trebejo rebotó en mitad de su tórax, esparciendo su contenido por el piso de media bodega con un tintineo de metales como el que hacen las máquinas tragamonedas cuando sale bellota triple. Ella, desprevenida, trastabilló por el golpe, cayó al piso y le gritó, aterrada:

—¡Iván! ¿Pero qué te pasa?


(Continuará)

3.11.09

Paro nacional


11 de noviembre


en solidaridad

con el SME

Buen viaje,
Claude Lévi-Strauss


Filósofo, antropólogo, etnólogo, grande del pensamiento.

Buenos negocios


En un país en el que el precio del trabajo ha experimentado una depreciación sostenida durante casi tres décadas, resulta meritorio que un grupo de profesionistas sean capaces de mantener los niveles de sus percepciones y emolumentos, e incluso de mejorarlos, especialmente en época de crisis. Es eso precisamente lo que hicieron los gobernantes y legisladores panistas y priístas que han venido concibiendo, negociando, discutiendo, afinando y aprobando la Ley de Ingresos del año entrante. Lo bueno de detentar el poder es que desde él es posible tasar los honorarios correspondientes al oficio y cobrarlos directamente de las arcas nacionales sin necesidad de realizar trámites engorrosos.

Ciertamente, el cucharón con el que se sirven los presupuestos en Los Pinos y San Lázaro no incluye únicamente salarios, prestaciones, automóviles y choferes, teléfonos celulares, computadoras, masajes, seguros médicos, compras de corbatas y de calzones, boletos de avión (o aviones propios y rentados), restaurantes, misas de difuntos y borracheras; el dinero que estos eficientes profesionistas van a sacar de nuestros bolsillos servirá también para asignar, a quienes les lleguen al precio, contratos multimillonarios de servicios públicos. Imagínense qué porcentajes están dispuestos a pagar los tiburones internacionales por el correspondiente al servicio de la infraestructura de Luz y Fuerza, o por el que permita la explotación del triple play sobre los despojos de esa entidad paraestatal, ofrecida a los carroñeros como prueba de control y dominio presidencial. Los recursos para tales operaciones (que son sólo unos ejemplos de la alta competitividad lograda por la corrupción nacional) saldrán, a fin de cuentas, del alza de impuestos que acaban de recetarnos.

Otro buen negocio para tiempos de crisis es tener una gran empresa y no pagar los impuestos correspondientes. Como lo reconoció el propio Felipe Calderón hace unos días, bajo su desgobierno es posible hacer negocios, obtener utilidades, omitir las obligaciones fiscales correspondientes —o cubrirlas a tasa de ganga de 1.7 por ciento, cuando el común de los mortales paga el 28 o más—, eludir la cárcel, mantenerse en las secciones de sociales (y hasta en la nómina de invitados especiales a las recepciones y faramallas de Los Pinos) y ser señalado como ciudadano modelo, héroe de la productividad y prócer de la beneficencia.

Pero el mejor de todos es el negocio de permitir el anterior, es decir, el de ser funcionario público —presidente más bien ilegítimo, secretario de Hacienda, director del Servicio de Administración Tributaria o coyote menor—, hacerse el que la Virgen le habla cuando se trata de cumplir con el deber de cobrar los impuestos pertinentes a quienes se les deben favores políticos (¿Te acuerdas de la campañota en medios que te organicé en 2006? ¿Y quién crees que les pagó a los creativos que acuñaron aquello del “peligro para México”?) y ponerse a idear, en tiempos de trabajo pagados con el dinero de los contribuyentes reales, maneras de transferir a esos mismos contribuyentes reales el costo de las omisiones propias en el cumplimiento de las obligaciones derivadas del cargo.

Transacciones de esta clase, y otros, seguirán siendo posibles mientras la sociedad lo permita. Cabe suponer que en un momento próximo, a pesar de los aparatos mediáticos que han garantizado la cobertura de tales negocios, la mayor parte de la ciudadanía caerá en la cuenta de que éstos, además, son delitos y que no hay país que pueda darse el lujo de permitir, por tiempo indefinido, la comisión flagrante de violaciones a la ley. Y actuará en consecuencia.

1.11.09

Invocación


Cenizas entrañables, queridos huesos, polvo enamorado: vengan con bien al mundo, a esta su casa, a la mesa de los vivos. Siéntense en las sillas limpias que hemos dispuesto para ustedes, entíbiense el alma con la flama de las veladoras, sacien la sed y el hambre, reposen en nuestras camas el cansancio de la muerte, que es tan agotadora. Disfruten de nuestro amor y nuestra memoria, única protección que podemos ofrecerles en su extremo desamparo. Ustedes que nos dieron vida, país, calor, dirección, fortuna, claridad o palabra, acéptennos el vaso de agua, el ramo de sempasúchil y el plato de calabaza. No es mucho o es muy poco, pero esos son los símbolos de amor en la lengua franca que comunica este mundo con la oquedad que ustedes deshabitan.

Salgan de las tumbas o del cielo, reúnan su momento de partículas dispersas en una voluntad para estar y déjense querer en estos pocos días de encuentro y reunión entre quienes existen y los que han sido. Dejen atrás por un rato sus experiencias intensas y terribles en el forense, en el sarcófago o en el crematorio, y recuerden que en el mundo hay algo más que la muerte: este ámbito, demasiado simple (o demasiado complejo) para ustedes, que los llora, los ríe, los quiere, los critica y los recuerda. Depongan el desinterés abrumador que han desarrollado respecto del sol, el pasto, las coronillas de los bebés, las noticias del diario y el destino de sus parientes y sus enemigos. Pongan algo de su parte; vuelvan por un instante a querernos y a detestarnos como solían antes de su partida y disfrutemos todos, ustedes y nosotros, de esta comunión nocturna.

Es posible que ustedes, los que viven en la muerte, puedan murmurarnos al oído algo que nos ayude a lidiar con esos muertos en vida que perdieron el sentido del sufrimiento ajeno, que aprendieron a obtener placer con el dolor del prójimo y que, sin necesidad ni razón, se empeñan en provocar explosiones demográficas en el lado de ustedes a expensas de los inocentes de este lado. Tal vez esta noche tengamos como invitada a nuestra mesa y huésped de nuestra casa a una existencia humana truncada antes de su tiempo natural por las bombas, las balas o el cuchillo, que se anime a compartirnos la sabiduría de su desencanto profundo mientras aspira la fragancia tenue y extraña del sempasúchil, y acaso logremos escuchar, como entre sueños, una clave para impedir que su suerte se repita en otros.

Padres y madres, abuelos, hermanos, cónyuges, hijos, colegas, condiscípulos, amigos y compadres fallecidos: ésta es la noche en que ustedes han de ser paridos por la tierra en que descansan. Vengan a nuestros brazos para que puedan limpiar de rencores su alianza con la muerte, para que renueven su mortaja, para que mañana vuelvan a la tumba o a la dispersión de sus moléculas reconfortados por el calor humano, con esperanzas nuevas y armados de paciencia para enfrentar el transcurso lodoso de la eternidad. Disfrutemos juntos del pan con azahar, porque después ustedes y nosotros estaremos solos durante todo un año. Vengan, no importa, con su salitre y su gusano, con su herida y su gloria, con su dolor y su redención, con su estar perdidos en ninguna parte, con su grave problema de haber muerto, con sus aposentos a perpetuidad o sus fosas comunes, con su nada: quiérannos un poquito y déjense querer ahora, mientras los de acá seguimos vivos, porque un día nos iremos también, y esto va a quedarse más solitario que una Presidencia.

Ustedes vienen subiendo del fondo de la tierra o bajando del cielo o transitando de un entorno muy sutil situado al lado de nosotros, o no vienen de ninguna parte porque no se han ido nunca y han permanecido aquí, con discreción de partículas elementales, mezclados en el aire, los tomates y el polvo de las casas. Se acercan a la ofrenda por los senderos de pétalos amarillos y van dejando atrás el aire de fetos ciegos y ensimismados con el que empezaron el viaje. Ya reencarnarán, en nuestro interior y a nuestro alrededor con todos sus gestos, sus atributos, sus mañas, sus malas palabras y su grandeza de antes. Ya casi están aquí.

Nazcan, nazcan, nazcan, nazcan.

(La Jornada, 2 de noviembre de 2004)

30.10.09

Calaveras sin Luz ni Fuerza

CALDERÓN EN LA TUMBA

Ejerció la investidura
usurpada, Calderón,
con la estúpida ilusión
de aumentar de estatura.
Estando en la sepultura,
se preguntaba, al final,
qué fue lo que salió mal,
y vio que el empeño vano
no fue el haber sido enano
sino un enano mental:

el mandatario pirata,
en carroña convertido,
vio que le había salido
el tiro por la culata:
su política insensata
aumentó el desempleo,
el narco creció bien feo,
la pobreza, cuantimás,
y por eso, Satanás
al punto le dio un empleo.


EL ESQUELETO DE CARSTENS

Carne podrida y obesa,
pero mucha, ésta que ves,
quiso inventar, cierta vez,
un impuesto a la pobreza.
La Muerte, sin sutileza,
le puso un “estate quieto”;
pero este peso completo
la metió en un problemón:
le está costando un montón
encontrarle el esqueleto.


EL SECRETARIO DE INSALUBRIDAD

Córdoba Villalobos, secretario
de la insalubridad calderonista,
es de lógica simple que se vista,
desde antes de morir, con un sudario.

Insepulto, el inepto funcionario
va poniendo vacunas de saliva
y ofrece a todo aquel que las reciba
un digno monumento funerario.

Fabricante de cifras convenientes,
aliado dominguero de la influenza,
verdugo de infectados y pacientes,

con fundadas razones hay quien piensa
que a Córdoba sus gastos excedentes
se los paga la Muerte, que no es mensa.


LA “GUERRA CONTRA EL NARCO”

Se sentía Calderón
dizque persiguiendo al narco,
y estaba hundiendo en un charco
de sangre a la población.
El país es un panteón,
por su confusión fatal:
que la misión policial
es abrir para Gayosso
y su negocio espantoso
un mercado nacional.


LA EXTINCIÓN DE LUZ Y FUERZA DEL CENTRO

Fue Felipe de Jesús
quien, de muy mala manera,
concibió la chingadera
al calor de un alipús:
una población sin luz,
y electricistas sin chamba,
“¡qué idea genial, caramba!”,
se burlaba la nación,
y falleció Calderón
de una merecida pamba.


QUIQUE PEÑA NIETO

Ahí va Quique Peña Nieto,
seductor y copetón,
exhibiendo en el panteón
su lamentable esqueleto.
Al político coqueto
la Parca volvió ceniza
y si antes tenía prisa
por llegar a presidente,
hoy, cadáver pestilente,
no liga ni en Televisa.


LA CRISIS

Es mala, mas no pendeja,
la reinante oligarquía,
y muy clarito entendía
que la crisis no es pareja
porque si al rico le deja
excelente plusvalía,
ahonda la carestía
y multiplica el horror
que el pueblo trabajador
enfrenta día con día.


LA SUPREMA CORTESANA DE INJUSTICIA

De la injusticia suprema
más cortesana que corte,
no realizó algún aporte,
ni resolvió algún problema;
jueces prevaricadores,
hoy espantan en Dolores
reducidos a los huesos,
entre impunes pederastas,
y otras ánimas nefastas
de criminales confesos.


LA REFORMA FISCAL DE CALDERÓN Y CARSTENS

La iniciativa fiscal
que pretendía el gobierno
ya se encuentra en el infierno
para alivio nacional.
Quería causarle mal
al bolsillo del jodido,
salvar al favorecido
y mantener el boato
de un régimen insensato
que también ha fallecido.


TELEVISA Y TV AZTECA

Pretendieron las dos televisoras,
la infame Televisa y TV Azteca,
burlar a la implacabe Muerte enteca
disfrazándose de legisladoras.

Pero ahí andan las dos, en estas horas,
a cual más ofrecida y perendeca,
la carne hedionda y la mirada hueca,
calacas putrefactas y maloras.

Ocurrió que por mucho diputado
que obtuvieron de modo marrullero,
tienen un deplorable resultado

y es que el pueblo, sagaz y justiciero,
al falaz duopolio ha castigado
con un rating total de menos cero.

29.10.09

El último suspiro
del Conquistador / VIII


Cuando Jacinta llegó al hospital, Eduviges, su madre, ya había sido dada de alta; la encontró en la recepción, vestida como persona sana, sentada en un sillón más cómodo que la circunstancia y con la vista clavada en los zapatos. “Vámonos, mamá”, le dijo en un volumen bajo que quería llegar a tierno y que apenas lograba ser audible.

Tras una ausencia de muchos meses, Jacinta había vuelto a México, en compañía de su novio Andrés, obsesionada por recuperar el frasco que había guardado en una bodega de la casa de sus padres y en el que, según ella, se encontraba la última bocanada de aire exhalada por Hernán Cortés. Halló que su madre había tirado todo el contenido de la bodega y se enfureció. La mujer le explicó que había entregado los trebejos al tlacuache don Rufina, que tenía un puesto de cosas viejas en el mercado de La Lagunilla. Con ese dato en mente, Jacinta, remolcando a su novio, salió de la casa sin despedirse. La pareja abordó un taxi con rumbo al centro pero el camino estaba bloqueado por una gran manifestación del Sindicato Mexicano de Electricistas, que protestaba por la decisión gubernamental de extinguir la entidad paraestatal Luz y Fuerza del Centro y dejar a sus agremiados sin trabajo. Ante las dificultades para trasladarse y el cansancio que cargaban a cuestas, Andrés y Jacinta decidieron ir unas horas a descansar al hotel en el que habían dejado sus cosas. El gusto les duró poco: alguien marcó al celular de Jacinta —el mismo celular que usaba en París, y que ella se había traído consigo casi sin darse cuenta— para avisarle que su madre se había comido 83 pastillas de un complejo vitamínico y que estaba hospitalizada con un cuadro de gastritis severa.

Eduviges sintió que Jacinta la trataba como trasto viejo y esa gota rebalsó el cáliz de su infelicidad. Dos meses atrás, su marido había pasado por una intervención quirúrgica dolorosa e incómoda y Eduviges estuvo siempre a su lado o, más bien, había creído estarlo, porque en algún momento el hombre sedujo a, o fue seducido por, una de las enfermeras del sanatorio, una señora gordinflona y meliflua que se dirigía a ella llamándola “reinita” y que en cosa de tres días la dejó sin cónyuge. El regreso de Jacinta y su despliegue de modales bruscos y exasperados le provocaron un ataque de rabia contra el mundo que se convirtió a su vez en un intenso deseo de arrojar su propio cadáver sobre la existencia del marido abandonador y de la hija desamorada. Había visto en películas que un frasco de píldoras o tabletas basta para poner fin, por envenenamiento, a una vida, así que fue al botiquín de las medicinas, escogió el frasco más grande, con las pastillas más gordas, y devoró su contenido, lubricado con leche para hacer menos ingrata la ingesta. La mujer ignoraba que, si bien uno puede matarse colocándose en el organismo un exceso de prácticamente cualquier cosa, hay sustancias más recomendables que otras para ese propósito: prefiéranse, por ejemplo, compuestos orales a supositorios y pomadas; somníferos a antihistamínicos; cardiotónicos a antibióticos, y analgésicos a anticonceptivos; de otra manera, el camino al cementerio se vuelve largo, accidentado y aun gracioso, un efecto que cualquier suicida que se respete desea evitar por todos los medios.

No fue ni siquiera necesario el lavado estomacal, pues Eduviges no logró retener el cuarto de kilo de vitaminas que se había tragado y las vomitó incluso antes de que llegaran los paramédicos. Ella misma los llamó, con un cólico endiablado y un sentido de derrota total e irremediable. “Vámonos, mamá”, le dijo su hija, unas horas después, con una voz que quería ser tierna y que no lo conseguía.

* * *

En la primera cláusula de su testamento, él había ordenado que sus huesos fueran llevados a la Nueva España en un plazo de diez años después de su muerte “y antes, si fuese posible, y que los lleven a mi villa de Coyoacán y allí les den tierra en el monasterio de monjas que mando hacer y edificar”. Hasta donde sabía, era el único mortal en el mundo que había dispuesto el futuro de sus restos físicos y de su ánima, aunque ni una palabra había dicho de la segunda al escribano Melchior de Portes, a quien dictó las disposiciones relativas a sus bienes y sus despojos una vez que falleciera. Su alma quedó confiada, en cambio, en estricto secreto, al almero Tomás, quien le había prometido captarla en el momento postrero y guardarla en un frasco, en donde aguardaría (¿décadas? ¿centurias? ¿milenios?) una oportunidad propicia para resucitar.

—¿Me volverás al mundo o no? —Se había impacientado don Hernando más de una vez—. ¿Por qué no hablas claro?

—Las manos de Tomás morirán, tal vez, antes de que llegue tu momento —respondía él, sin encontrar el lenguaje suficiente para despejar los enigmas que exasperaban a su amo—. Pero el aire de tu vida va a estar guardado mucho tiempo, hasta que alguien lo encuentre, tal vez...

Hacía una eternidad que no sentía nada, pero se habían hecho presentes unos vagos ramalazos de aromas mexicanos, unas visiones de paisajes del Anáhuac, una remota virbación que podía ser movimiento. Y no pensó, porque no pensaba, ni se preguntó, porque faltaban los elementos para construir una pregunta, pero ante su inconsciencia aparecieron, de manera absurda, los huesos y el ánima, y no supo qué era él en ese momento, si aquellos o ésta, ni en dónde estaban unos y otra, pero percibió olores que sólo existían en los alrededores de la gran Tenochtitlan y evocó el sabor (un tanto amargo, un tanto dulzón, un tanto agrio) de la violencia, de la injusticia y de la atrocidad, y supo, sin saber, que la vida volvía a estar próxima.

* * *

Andrés no quiso acompañar a Jacinta a sacar a su madre del hospital. Se sentía harto de la historia sin pies ni cabeza que le había alterado la existencia y lo había metido en una ruta de acontecimientos impredecibles. Durmió lo que quedaba de esa noche y cuando lo despertó la luz del día que entraba a borbotones por la ventana del cuarto del hotel, hubo de hacer frente a su propio vacío: no se atrevía a buscar a sus parientes y a sus amigos porque no podría explicarles de manera racional su presencia en México y se sentía un tanto avergonzado de haberse dejado arrastrar a la circunstancia en la que se hallaba. Tampoco deseaba romper con Jacinta, tanto porque experimentaba hacia ella uuna atracción irresistible, como porque intuía que ambos estaban apenas en el principio de una aventura extraordinaria que no quería perderse. Se duchó, se vistió y salió a caminar por las calles del centro: Revillagigedo, Victoria, República del Salvador... Le maravilló encontrar tanta tecnología en vitrinas de tiendas comunes y corrientes y pensó, dejándose margen para bromear consigo mismo, que si los físicos iraníes hubieran venido de compras a ese barrio ya habrían logrado ensamblar media docena de bombas atómicas. Cuando contemplaba un anaquel lleno de potenciómetros, capacitores y relevadores, un muchacho que se aburría detrás del mostrador le gritó:

—¡Llévate lo que quieras, que está todo a mitad de precio!

—¿Por qué?

—Porque el patrón va a cerrar el changarro. Con los nuevos impuestos, ya no hay forma ni de salir tablas.

* * *

Iván estaba hasta la madre de que se burlaran de él y, sobre todo, de su mujer, o de su hombre, o de lo que chingados fuera. Esa mañana don Rufina le llevó el desayuno a la cama, lo vio comer, retiró los platos, los lavó, alzó la cocina y salió en busca de chácharas. Iván deambuló en ropa interior por el pequeño departamento. Echó el ojo y el guante a una botella de brandy y en pocas horas se bebió la mitad del contenido. Hacia medio día salió, tropezándose, en busca de algo para comer. Se fue al mercado y antes de llegar a los puestos de alimentos, se cruzó con un antiguo proveedor. Le pidió unas grapas para atemperarse la borrachera y se fue a la bodega de don Rufina, en donde se metió dos rayas completas. Perdió la noción del tiempo, pero no una sensación de urgencia indefinida y asfixiante. Cuando vio llegar a don Rufina, cargada de bultos y bolsas, comprendió que tenía prisa por matarla.


(Continuará)

27.10.09

Coyotaje y huelga general

El golpe del calderonato contra Luz y Fuerza del Centro (LFC) y contra el Sindicato Mexicano de Electricistas (SME) ha ido desnudando al propio Ejecutivo federal como una instancia dedicada al coyotaje: más allá de ideologías viables o no tanto, las motivaciones principales de esta administración en cada uno de sus atentados contra la propiedad pública resultan ser las prisas por otorgar concesiones, contratos y favores diversos a las firmas de los amigos y de los aliados: ahora hemos podido conocer algo de la nómina de grandes consumidores corporativos de electricidad a los que la dirección de LFC les regalaba la electricidad o no se las cobraba, además de las dependencias públicas que no liquidaron sus adeudos con la entidad paraestatal “extinguida” por el gobierno espurio; ha salido a la luz, también, el empeño del grupo gobernante por entregarle al consorcio WL Comunicaciones la red de fibra óptica de LFC; la marginación de la Comisión Federal de Electricidad (CFE) y de la propia LFC en los millonarios procesos de adquisición de electricidad por la dirección de Exploración y producción de Pemex, a cargo de Carlos Arnoldo Morales Gil, y el otorgamiento de tales contratos a dos transnacionales españolas. Lo que Javier Lozano tuvo el descaro de llamar “la privatización silenciosa” de LFC ha venido ocurriendo, en efecto, pero no ha sido a favor del sindicato, sino de los cuates y socios de Calderón. ¿Cuántas comisiones y de a cómo les habrán tocado a los integrantes de este gobierno por no cobrar la luz a grandes empresas, por facilitar redes de propiedad pública a corporativos particulares, por debilitar a las entidades públicas para que las privadas se fortalezcan?

Los agravios a la sociedad perpetrados por este régimen de coyotes han llegado a tal punto que hoy, en el escenario político, se encuentra la perspectiva de un paro nacional como punto de confluencia de diversas oposiciones. La idea —lanzada el sábado pasado en la Asamblea Nacional de la Resistencia Popular, y al calor de la campaña de solidaridad hacia el SME— podría parecer temeraria y hasta descabellada, toda vez que no existe en México experiencia sindical ni política y lo más parecido a una paralización económica del país no ha sido consecuencia de una protesta opositora, sino del desempeño estúpido e irresponsable del calderonato ante la crisis en curso.

Desde 1936 no se ha intentado una huelga nacional y el tema ni siquiera se había planteado en los últimos seis años, es cierto. Pero el país tampoco había padecido una administración que conjugara ilegitimidad, ineptitud y corrupción en dosis tan masivas como la actual.

Es posible que la embestida oficial contra LFC y contra el SME contribuya a afinar el guión de este sexenio como no lo han hecho ni la inverosímil “guerra contra el narcotráfico” ni la intentona privatizadora de la industria petrolera del año pasado ni el empeño por reconcentrar la riqueza por medio de canalladas fiscales ni el súbito y fársico discurso presidencial que dio cuenta del descubrimiento de la pobreza en el país. Una buena parte de la sociedad —que excede ampliamente al movimiento lopezobradorista y al círculo de solidaridad directa con el SME— está harta del coyotaje institucionalizado y de la gestión administrativa enfocada a intereses amigos. Un paro nacional en protesta por ese estilo personal de gobernar puede conjuntar voluntades y energías sociales insospechadas. Por ahora no hay fechas ni rutas críticas, sino una mera idea que se robustece y alimenta por la indecencia misma del actual régimen. A ver.

22.10.09

El último suspiro
del Conquistador / VII


Eduviges Manzano, la madre de Jacinta, había esperado muchos meses el momento de hablar con su hija. Y ahora la escuincla mocosa, después de un año de ausencia, aparecía de la mano de un hombre desconocido, le arrojaba un saludo insípido, subía corriendo a la bodega de la azotea a buscar un frasco viejo, no lo encontraba, le venía el sentimiento y se largaba, claro, de tal palo tal astilla, sin ni siquiera saludar, y la trataba a ella (a Eduviges, a E-du-vi-ges-Man-za-no-de-la-To-rre) como si fuera un adorno, no, peor, porque uno se fija en los adornos y toda persona educada tiene que decir por lo menos “¡ay, qué bonito!”; más bien como una basura, como una telaraña molesta; pues que se largara Jacinta con su padre y con la enfermera gorda con la que el idiota se había ido a vivir, dejándola a ella, a Eduviges, en la soledad y en la deshonra, a ver si esos dos perros calientes la volvían a meter al kínder y a la primaria, que es lo que esta canija necesitaba para aprender modales.

Con esos pensamientos en la cabeza y una sensación de presión detrás de los ojos, Eduviges Manzano bajó las escaleras de servicio, cruzó el patio, entró a la casa, atravesó la sala, subió a la planta alta, fue a su habitación, se dirigió al gabinete en el que guardaba las medicinas, sacó del mueble un bote de plástico como de medio litro, regresó a la cocina y allí empezó a sollozar, pero no se detuvo. Puso sobre la mesa el recipiente junto con un envase de leche que tomó del refrigerador, un plato sopero que bajó de la alacena y una cuchara obtenida en el cajón de los cubiertos. Desenroscó el tapón del frasco y vio, con satisfacción maligna, que estaba casi lleno de unas tabletas amarillentas y grandes; las vació en el plato, les echó encima un chorro de leche y se dispuso a deglutir aquello como si se tratara de cereal del desayuno.

* * *

—Fuiste grosera con tu mamá —le dijo Andrés a Jacinta cuando ambos devoraban sendas tortas en un cuchitril de la colonia Doctores. Habían abordado un taxi, ella le había pedido al conductor que los llevara al mercado de La Lagunilla y a medio camino se quedaron atrapados en un gran embotellamiento. Poco después, por entre los vehículos paralizados, hordas de peatones se abrían paso caminando en la misma dirección. Portaban pancartas y llevaban prisa.

—¿Quiénes son? —preguntó Jacinta.

—Los electricis... —respondía el chofer, cuando pasaron, junto a la ventanilla de ella, varios hombres que andarían por la cincuentena y que cantaban a coro:

Yo no soy García Luna
ni soy Lozano Alarcón
ni pertenezco a la mafia
que desangra a la nación;
yo soy un electricista
corrido por Calderón.

Nos han lanzado a las calles
a gritar por la ciudad;
quieren provocar violencia
pues calculan con maldad.
Podrán quitarnos el sueldo
pero no la dignidad.

* * *

Don Rufina era una mujer generosa y atenta a las necesidades de los demás, pero casi nadie en su entorno reparaba en esas virtudes; para la mayor parte de los locatarios del mercado de La Lagunilla (tanto hombres como mujeres), más relevante que su bondad era el hecho de que poseyera, así fuera por un accidente de la naturaleza, pene y testículos, y que no los honrara con su comportamiento.

Cuando prosperó su negocio, don Rufina se permitió una que otra ilusión pagada: se hizo con un ejemplar del catálogo de sexoservidores que circulaba entre los locatarios del mercado y contrató los servicios de algunos muchachos que exhibían filete, suadero y chamorro engrasados y a punto de estallar. Su motivación principal no era el placer, sino la satisfacción de fantasías sentimentales: cuando recorría esas musculaturas inverosímiles, cuando acariciaba aquellos glandes enormes, majestuosos y apacibles como cetáceos difuntos, don Rufina construía la ilusión de que en uno de esos cuerpos habitaba su alma gemela.

Iván, su novio, 21 años menor que ella, estaba convencido de que don Rufina era un ser inmoral y hasta despreciable. Ella lo había rescatado de la fármacodependencia y de la prostitución. Iván despreciaba su trabajo, se despreciaba a sí mismo y despreciaba a sus clientes de ambos sexos, había desarrollado una cáscara gruesa y antes de acudir a sus citas de trabajo se anestesiaba el alma y el cuerpo para no sentir placer, dolor, desagrado, afecto, antipatía o náusea.



Por alguna razón ajena a su voluntad, Iván llegó descompuesto a su primera cita con don Rufina, se quebró entre sus brazos y se permitió gimotear, ya fuera por el aguijón de la abstinencia o por una carencia más honda que ni siquiera ser atrevía a identificar. Don Rufina, en vez de exigirle la devolución del anticipo y echarlo de su recámara, lo arrulló, lo mimó y logró que se calmara. Iván se dejó hacer, no sólo porque no tenía fuerzas para resistirse, sino porque ella lo metió de golpe en un territorio que no había pisado nunca, que lo conmocionó y que le pareció preferible al de la muerte: el de la ternura materna.

* * *

Él no sentía nada ni percibía nada. Pero en la neblina difusa de su inconsciencia aparecieron las gargantas que había cercenado, los brazos que había separado de sus troncos, los ojos que había reventado con adargas, las tripas que había desenredado hurgando con la espada en el vientre del enemigo, las mujeres a las que había tomado por la fuerza y las innumerables personas a las que les había manoseado el destino: casarlas, separarlas, desterrarlas, ahorcarlas, utilizarlas...

* * *

Andrés estaba arrasado por el hambre y por el cansancio del vuelo trasatlántico seguido de desplazamientos sin sentido por media Ciudad de México. A propuesta suya, le pagaron al taxista, se apearon y entraron en una tortería para comer y esperar a que terminara el colapso de tránsito causado por la movilización de electricistas. Ya sentados ante una mesa de lámina, él le reprochó su conducta filial. En realidad, se sentía atropellado en carne propia por los arranques atrabiliarios de su pareja y sufría una incomodidad creciente ante aquella mujer a la que encontraba más hermosa y deseable mientras más atropellos cometía.

—Pues mi mamá también ha sido grosera conmigo durante toda mi vida, fíjate tú —replicó Jacinta, entre mordida y mordida de una torta gigantesca—. Siempre me trató como si yo fuera su muñeca, no su hija; ha vivido procurándome “lo mejor”, sin tomarse jamás la molestia de preguntarme qué es lo que yo considero “lo mejor”... Mira, y hasta te apuesto a que escombró la bodega pensando que me iba a encantar encontrarla limpia... Pero nunca supo el valor que ese tiradero tenía para mí. Y así ha sido en todo.

Tras formular esa confidencia balsámica, Jacinta pudo ver, sentado frente a ella, a un hombre que le encantaba, y le dolió mirarlo rajado por el agotamiento y por el desconcierto. Vio en él el estado deplorable de ambos: despeinados, sucios, muertos de cansancio. Lo tomó de las manos y le propuso que se fueran a pie al hotel, que se dieran un baño y que durmieran unas horas. Ya podrían postergar para el día siguiente la búsqueda del frasco en el que, según ella, podría encontrarse el alma de Hernán Cortés. Andrés accedió. Caminaron unos pocos kilómetros; cruzaron por entre los contingentes de la marcha de protesta y vieron en ella muchos miles de rostros exasperados, otros abatidos, y muchos más, iluminados por la certidumbre de su causa. En la habitación recuperaron el amor y luego flotaron en un letargo plácido. Entonces sonó el teléfono celular de ella. Jacinta respondió con desgano y lo que escuchó la descompuso. “¿Cuándo?” “¿Dónde la tienen?” “¿Está consciente?” iba preguntando entre sollozos. Colgó, se limpió los mocos, hizo una pausa en el llanto y recitó con la vista fija en la pared:

—Internada uno o dos días más. Ya la libró. Hay que hacerle análisis de hígado y de riñón —y volvió a romper en llanto.

—¿Qué pasó? —exigió Andrés.

—¡Qué pendeja es mi mamá! —reventó Jacinta, aún entre sollozos, y con desesperación y rabia—. Trató de suicidarse con vitaminas.

(Continuará)


20.10.09

Poder fáctico


Nos sigue sorprendiendo que el actual gobierno prescinda en forma tan clara de las consideraciones políticas, más allá del aprovechamiento de anestesias colectivas de matriz futbolera; que sus personeros mientan con tal desenfado; que las medidas oficiales resulten tan manifiestamente contrarias a la decencia, cuando no tan violatorias de la legalidad; que no exista, o no parezca existir en el quehacer de la administración pública, la menor consideración para con los integrantes de los habitantes de México en cualquiera de sus dimensiones: como consumidores, como causantes, como ciudadanos, como derechohabientes... La “extinción” de Luz y Fuerza del Centro es emblemática de esta conducta a contrapelo del interés nacional y de la suma —que no es lo mismo— de los intereses particulares: la ofensiva contra el Sindicato Mexicano de Electricistas (SME), que culminó con el sabadazo felipero del 10 de octubre lanza a las calles, en tiempos de crisis, a más de 40 mil nuevos desempleados; provoca pérdidas enormes a la economía del centro del país (botón de muestra: 758 fábricas con apagones de hasta 11 horas), obliga a incurrir en gastos extraordinarios y no previstos (desde las liquidaciones hasta las movilizaciones policiales y militares, pasando por la guerra oficial de spots y desplegados), instala un nuevo foco de tensión social y política en un escenario nacional ya sobrado de ellos, subraya las alianzas facciosas del calderonato con la parte más nauseabunda del sindicalismo charro (las cúpulas del SNTE y de los petroleros), saca a la luz algunos de los planes de negocio de la oligarquía gobernante en el sector eléctrico y somete al régimen al riesgo de una nueva derrota, como la que sufrió el año pasado su embuste de las “aguas profundas” como coartada privatizadora de la industria petrolera.

Sin embargo, contra viento y marea, y sin apiadarse ni de sus propias posibilidades de supervivencia política ni de la realidad en general, el calderonato ha cumplido a rajatabla con el designio liquidador de la empresa y del sindicato, un designio que la omertà político-empresarial y mediática viene cocinando desde hace cuando menos una década, sino no es que desde hace dos, en una apuesta cuya relevancia rebasa, con mucho, los vacilantes estados de ánimo del gobernante en turno y los enjuages corruptos que se desarrollan en su círculo más cercano. El golpe no sólo ha causado rabia y respuestas críticas en la sociedad sino también un gran desconcierto porque, lejos de ser una muestra de solidez y fuerza institucional, constituye una expresión de debilidad: este régimen, en vez de hacer política, produce televisión; García Luna, secretario de la fuerza militar travestida de civil, es mucho más importante para su jefe formal que Gómez Mont, quien, como puede verse si se analiza con cuidado, se ha quedado con menos materia de trabajo que los electricistas del centro de la República.

La tendencia a gobernar a punta de situaciones de hecho resulta mucho más entendible si uno se toma la molestia de recordar que el gobierno actual es, él mismo, un poder fáctico, surgido del fraude electoral de 2006, de un asalto a las instituciones perpetrado en ese año y no muy diferente —aquí también tuvieron a los tribunales supremos y al Congreso— al que realizaron en Honduras, tres años más tarde, Micheletti y su banda. Esta administración desprecia el sentir ciudadano porque éste lo más que logra es manifestarse en votos y los votos salen sobrando o, mejor dicho, no se contabilizan como Dios manda: el sufragio no obliga a la rendición de cuentas; es, a lo sumo, un mecanismo de ajuste de cuentas entre las diversas fracciones partidistas que conforman la mafia en el poder. En su lógica, las tendencias electorales no las configuran las necesidades y los intereses de la ciudadanía, ni inciden en ellas (y si inciden, no importa) los aciertos o los extravíos de los políticos: la tele se encargará en el momento preciso, y si no, ahí estarán los pefepos para reforzar el mensaje. A quienes mantienen secuestradas a las instituciones, la política les sobra y les estorba: lo de ellos es el bombardeo mediático, el amago policial-militar y la corrupción y la compra de voluntades —el colmo: ahora Lozano Alarcón remplaza sus tradicionales ladridos por una voz meliflua de vendedor de cursos de inglés y computación para premiar el sometimiento (más bien hipotético) de los trabajadores electricistas.

En el momento actual, el poder del gobierno parece institucional y hasta constitucional, pero es fáctico.

19.10.09

El poder y la gloria

Natalia Vitela (Reforma), 28 septiembre 2009.- “Producir goce erótico a través de un juego en el que haya un amo y un esclavo ha dado lugar a la creación de BDSM (...) –bondage (restricción del movimiento), Disciplina, Sadismo y Masoquismo– y consiste en el intercambio erótico de poder (...) En las prácticas BDSM no siempre hay dolor, pero en algunas es un elemento de gran importancia. Esto se debe a que el dolor genera endorfinas y con ello placer (...) La práctica sexual más sencilla de esta práctica consiste en vendar los ojos de la pareja y pasarle una pluma por la piel y la más riesgosa es aquella en donde se usan agujas para penetrar los pezones o el escroto.”


¿Y no habrá sido que Calderón quería introducir novedades en su vida erótica (whatever that means)?

16.10.09

¿Rapiña?

¿Qué hacen las cuadrillas de la empresa privada Gas Natural con equipo de la paraestatal Luz y Fuerza? Las fotos corresponden al viernes 16 de octubre, a las 18:30, en la Colonia Miguel Hidalgo, Delegación Tlalpan:






15.10.09

El último suspiro
del Conquistador / VI


La señora Eduviges Manzano, madre de Jacinta, había esperado muchos meses el momento de hablar con su hija. Y he ahí que ésta, tras un año de ausencia, aparecía de pronto, de la mano de un hombre desconocido, le arrojaba un saludo insípido y se dirigía a trompicones a la bodega de la azotea, y cuando descubría que su amorosa mamá había escombrado y limpiado ese espacio, se echaba a llorar, maldecía y se iba de la casa como había llegado, como poseída, jalando tras de sí a ese novio, o amante, o prometido, o lo que fuera; y se largaba sin preguntar por la salud de ella, de Eduviges y, lo más importante, sin preguntar por papá, el hombre de su vida (o sea, la de ella, de Eduviges), el marido trabajador y sin vicios que les había dado todo aunque él había salido de la nada, el humilde joven que empezó a trabajar como mozo en un despacho y que se jubiló como gerente de sucursal, el ser humano discreto que escuchaba y escuchaba y escuchaaaaaaba los problemas ajenos sin abrumar a nadie con los propios, el enigmático cuya vida se encontraba tan bien aceitada que parecía no tenerla, el hombrecillo gris, el reservado que dejó de hablar con ella hasta de las cosas más insignificantes, el adulto mayor que empezó a llenarse de escondrijos y de cajones con llave, el maniático que gritaba “¡no me toques mis cosas!” cuando ella pretendía sacudir y poner orden, el maldito bastardo que acababa de largarse con una enfermera gorda y piruja a la que conoció en el hospital cuando lo operaron de hemorroides; y ella (doña Eduviges, claro), que tan abnegadamente lo había atendido en casa, después de la intervención quirúrgica, que le había limpiado el... el... pues sí: el culo, con el mismo esmero y cuidado con los que pulía el borde de plata del camafeo que heredó de su abuela, ella, Eduviges Manzano, se veía sometida al escarnio y a la murmuración de los vecinos, porque para colmo el desgraciado había sacado sus maletas de la casa a las dos y media de la tarde, justo a la hora en que regresaban de la escuela los nietecitos de la señora Martínez, que es tan chismosa, y se había tragado el coraje y el orgullo y no había querido contarle nada a Jacinta, ni por correo ni por teléfono, para no echarle a perder su estancia en Europa...

* * *

Conforme se hacía viejo, notaba el incremento de un peso en el cuerpo. No eran sólo los años, ni la fatiga de las batallas, de las cabalgatas y de los trabajos sin número por los que había pasado, y ni siquiera las intrigas inacabables de la Corte (“más cuenta me habría tenido conquistar Sevilla y Madrid que no la Tenochtitlan”, pensaba, ante cada nuevo enredo en el que se veía envuelto), sino porque a cada paso se topaba con la futilidad de su soberbia. Cuando lo asaltaban esos pensamientos procuraba apaciguarlos formulando alguna pregunta a Tomás, su brujo de Chiapas, y como aquello ocurría con mayor frecuencia mientras avanzaba en edad, dio y tomó por mantenerlo a su lado en todo momento. Él preguntaba y el brujo le respondía cosas que no parecían tener sentido pero que, sin embargo, le daban alguna serenidad. Él preguntaba y Tomás respondía. Así era siempre. En su última travesía a la Península, una noche de calma chicha a mitad del océano, cuando ambos paseaban en silencio sus insomnios por la cubierta de la nao, le sorprendió y le admiró que el indio maya lo interrogara a él, a don Hernando Cortés, con la misma parsimonia y parquedad que ponía en responder.

—¿Qué te pesa?

La claridad de la respuesta llegó a su cabeza mucho antes que a su lengua y sintió un sofoco. No deseaba responder, pero lo hizo:

—Los remordimientos.

* * *

Don Rufina era un hombre bondadoso y simple. Relegaba sus necesidades para satisfacer las de los demás y era capaz de dar la vida por un desconocido. Como todas las personas de esas características, don Rufina la pasaba mal en sociedad, pero él tenía una dificultad adicional: toda su vida consciente se había sentido prisionera en un cuerpo equivocado.
Siendo niña sufrió intensamente cuando lo obligaron a transitar por las iniciaciones espinosas de la masculinidad. Ella habría preferido actividades más tersas, pero era el único hijo varón (no: ella no se sentía varón, y por lo tanto, no lo era) entre tres hermanas, y si no hubiese tenido pene y testículos de nacimiento, su progenitor habría ordenado que se los injertaran. Desde pequeña fue sometida a clases de boxeo, macerada en el arte de los albures por su propio padre y conducida por sus tíos machorrones a un estreno sexual infortunado con una prostituta cincuentona que manifestaba su impaciencia masticando chicle en alto volumen mientras él trataba de salir del paso en la forma menos humillante posible.

Muy joven aún, Don Rufina se fugó de la casa. Fue garrotero, merolico, mimo y payaso de semáforo. Trabajaba vestida de hombre y vivía vestido de mujer. Luego, por un milagro, fue aceptada como integrante de un equipo de ventas de recipientes plásticos y en esas lides, tocando de puerta en puerta para ofrecer su mercancía, conoció a la señora Eduviges, una consumidora fanática de “topers” que empezó a pedirle cantidades copiosas de los azules cuadrados y medianos, de los amarillos redondos grandes, de los aplanados rosas para el lunch de la niña... Cuando una de sus compañeras de trabajo descubrió, por accidente, que don Rufina tenía anatomía de hombre, el chisme cundió y fue despedida de la empresa. Pero para entonces, él ya había establecido relaciones con muchas amas de casa y se le facilitó el tránsito a su siguiente ocupación: la de ropavejero, o chacharera, o tlacuache, como llamaba Cri-Cri a las personas que comercian (“compro, vendo, cambio, cambio, compro y vendo por igual”) con cosas viejas. Logró hacerse de un pequeño puesto en el mercado de La Lagunilla, su negocio prosperó y, ya independiente, resolvió no volverse a poner jamás prendas de vestir masculinas y cambiar de modo definitiva su nombre de bautismo, Rufino, por Rufina. Poco a poco, don Rufina ganó respetabilidad entre los locatarios del mercado, quienes de todos modos hacían notar el tema combinando el trato de “don” con el nombre femenino. A ella no le importaba y, fuera cierto o no, sentía que esa pequeña puya era una expresión de cariño.

Don Rufina creyó que había corrido con suerte el día que tocó el timbre de la señora Eduviges y ésta, al abrir la puerta, puso cara de felicidad:

—¡Don Rufina, qué bueno que pasó! Fíjese que me decidí a escombrar el cuarto de servicio y tengo un montón de cosas...

La comerciante examinó a conciencia y con honradez las chácharas que le ofrecían; abrió una caja de cartón que estaba entre los trebejos, vio en su interior un frasco de vidrio soplado que parecía antiguo y lo separó del conjunto. Tasó de manera justa, hizo sumas en su cuaderno mugriento y concluyó:

—Le puedo dar... cuatrocientos doce pesos por todo.

—Lo que usted diga, don Rufina, lo que usted diga —se alegró la ama de casa.

—Por todo, quiero decir —corrigió la chacharera—, menos por ese frasco que puse aparte. Ese es bueno, señora Eduviges, pero yo no sabría decirle cuánto vale. ¿Por qué no lo lleva con un anticuario?

—Ay, no, cómo cree. Se lo regalo.

Don Rufina sopesó la oferta en la báscula de su conciencia y la aceptó. A fin de cuentas, ella había formulado la advertencia. Envolvió el frasco entre periódicos viejos, lo devolvió a la caja de cartón, pagó de manera escrupulosa, se despidió, rellenó con los objetos obtenidos su Ford Fairmont, casi tan viejo como la armadura de Hernán Cortés, y emprendió, muy satisfecha, el trayecto a La Lagunilla.

13.10.09

Proyección y extinción

El pelele de los intereses empresariales cruzó el punto de no retorno con un discurso esclarecedor: “La mayor parte de los recursos que recibía este organismo de manos de los mexicanos no se podían destinar a mejorar la calidad del servicio sino que, fundamentalmente, iban a pagar privilegios y prestaciones onerosas de carácter laboral, y esto se agravaba año con año”, “el número de trabajadores seguía creciendo desproporcionadamente”, “el bajo desempeño no sólo era muy costoso para todos (sino que) también afectó a la economía nacional” y una desmesurada proporción de los presupuestos “se perdía por robos, por fallas técnicas, por corrupción o por ineficiencias”, y para mantener ese estado de cosas “hubiera (sic) sido necesario subir desproporcionadamente las tarifas eléctricas o aumentar constantemente los impuestos”.

No hace muchos meses, el secretario técnico de la dictadura corporativa incluyó el nombre de Sigmund Freud en una lista de economistas ilustres. No es de extrañar, entonces, que carezca de la menor noción sobre el significado psicoanalítico del mecanismo de proyección, una ocultación involuntaria e inconsciente mediante la cual el sujeto localiza en una persona o cosa externa sentimientos o valoraciones que corresponden más bien a sí mismo: aun formuladas con estilo deplorable y sintaxis que se atropella a sí misma, las frases citadas en el primer párrafo de este texto son una descripción precisa y eficaz del régimen que, nominalmente, encabeza Felipe Calderón Hinojosa, y no es necesario tener muchos dedos de frente para perdonar la pobreza idiomática y compartir y suscribir su corolario: “tenemos que cambiar lo que no funciona en el país porque ya no quedan otras opciones, porque el tiempo y los recursos se nos agotan; hoy, cambiar a fondo no sólo es la mejor, es la única alternativa”.

El conflicto interno en el Sindicato Mexicano de Electricistas (SME) perdió relevancia; la torva y malintencionada actuación de la Secretaría del Trabajo y Previsión Social (STPS) ante ese diferendo resultó ser un mero tornillo en la estrategia del gran capital, mandante real de Calderón Hinojosa y de Lozano Alarcón, para dar un doble golpe al sindicalismo independiente y a lo que queda de propiedad nacional. “El servicio eléctrico no se privatiza”, dijo, “muy enfático”, el mentiroso “presidente del empleo” y “de la seguridad”; créanle ahora, cuando pretende, mediante un plumazo inconstitucional y furtivo, lanzar al desempleo a algo así como 50 mil personas, y cuando tiene al país hundido en un baño de sangre sin precedentes.

Las vías institucionales no le dieron buenos resultados cuando, el año pasado, intentó entregar la industria petrolera a las empresas transnacionales. Ahora recurre al golpe de mano, a la movilización nocturna de policías y militares, al asalto embozado a las centrales eléctricas, para ensayar un nuevo plan de negocio y para extinguir, junto con Luz y Fuerza del Centro, a un sindicato combativo. Cincuenta mil nuevos desempleados que presionarán a la baja en la bolsa de los salarios, y dos piezas comidas en la estrategia de liquidación de instituciones: tal es el cálculo de la jugada que hicieron, por mano de Felipe el extinguidor, los consejos de accionistas.

Ahora es el turno de la sociedad. El juego por la vía de la extinción equivale a un manotazo en el tablero y con ello ha quedado claro que este régimen pretende controlar nuestros destinos mediante reglas nuevas: intolerancia total a las oposiciones, liquidación del bien común y extinción del Estado a punta de decretos ilegales. Para salir con bien de este punto crucial es necesario, en primer lugar, otorgar toda la solidaridad a los electricistas del centro del país que se movilizarán, en los días próximos, en defensa de sus fuentes de trabajo, de la sobrevivencia del sindicalismo independiente, del patrimonio nacional, de la dignidad y de la decencia. Pero no basta. También resulta necesario e impostergable, como lo dijo el proyectado declarante, “cambiar lo que no funciona en el país”, es decir, cambiar a ese remedo de Poder Ejecutivo, más sometido que nunca a los poderes fácticos —de origen sindical, algunos de ellos, como los de Elba Esther y Romero Deschamps—, y hacerlo de manera pacífica y civilizada.

11.10.09

Por una política económica alternativa
y en solidaridad con el SME


Lunes 12 de octubre,
concentración frente al
Palacio Legislativo de San Lázaro,
5 de la tarde

Consigna


Enciendan ahora mismo todas las luces de sus casas.

(No muy) atento aviso


Mira, monito: esta empresa no es tuya, sino propiedad de todos los mexicanos. Si no dejas sin efecto esa extinción ilegal, la nación te lo va a reclamar, y no será dentro de un siglo, ni en una década, ni el año entrante, sino a partir de hoy mismo. En ésta, como en la de del petróleo, no pasarás, Felipe Calderón.

10.10.09

Pero qué afán...

Lilia Mendiola de Chi (Lyn May), antes y después de una cirugía

Párenle, ¿no?
Lucha Villa, Lyn May, Lucía Méndez... Gloria Trevi y Shakira ya se desgraciaron el rostro. Ahora, la infortunada Alejandra Guzmán se hizo en las nalgas lo mismo que Michael Jackson en la cara. El día que Julieta Venegas le entregue la nariz a un cirujano carnicero, yo me corto el pito en expresión de protesta.

8.10.09

El último suspiro
del Conquistador / V


El cuarto de servicio de la casa había sido transformado en bodega desde la infancia de Jacinta, y ésta había encontrado allí un refugio frente al orden y la razón de los adultos. En ese cuarto se había resguardado para no hacer las tareas escolares, allí había soñado con viajes a reinos misteriosos y a ciudades mayas vivas, jamás descubiertas por ningún conquistador, por ningún virreinato, por ningún Estado mexicano; allí, en los albores de la pubertad, había leído a escondidas una novela libertina y a ese mismo recinto sagrado, en una tarde inolvidable de su primer año de preparatoria, condujo a hurtadillas al compañero de aula, guapo y atarantado, con el que estrenó eso que Brassens llama “el último regalo de Santa Clós”: fue más emocionante y divertido que placentero, no se atrevieron a desnudarse por completo y llegaron a la edad adulta cubiertos de polvo y de telarañas.

En años posteriores Jacinta perdió el contacto con la carga de símbolos y de historia personal que aquel cuarto tenía para ella, y si en sus meses de la maestría parisina lo recordaba con obsesión, era por una mera preocupación pragmática: en ese espacio había escondido un frasco que robó de la casa de un almero chiapaneco y en el que, estaba segura, se había guardado la última exhalación salida de un organismo que en vida llevó el nombre de Hernán Cortés.

Volvió a México como consecuencia de una sinapsis súbita, en la que convergieron su pasión por un físico llamado Andrés, y su vieja obsesión por dilucidar la naturaleza del contenido de ese antiguo recipiente de vidrio soplado. Sacó a su nuevo novio de la pista académica en la que éste se encontraba, lo remolcó hasta el aeropuerto de Orly, de allí al de la Ciudad de México, lo condujo hasta un hotel del centro en el que dejaron las maletas y luego ambos se dirigieron a la casa de los padres de ella, con el doble propósito de depositar sus respectivos menajes y, sobre todo, de recuperar el frasco. Al subir a su bodega entrañable, la encontró convertida en un pequeño ambiente iluminado, vacío, estúpido y oloroso a desinfectante. Durante su ausencia, su madre había dado rienda suelta a esa barbaridad en aras de la limpieza y el orden, como dice Lillian, y había arrasado con todo el misterio y las riquezas incomprensibles que se almacenaban en aquel espacio.

Al ver la habitación vacía, Jacinta sufrió una demolición interior, se arrodilló y rompió en sollozos. Olvidó por un momento el recipiente del almero y recuperó otra pérdida: la de su refugio, su reino mágico, su pequeño palacio polvoriento. Y volvió a ser niña.

Hasta ese momento, Andrés había renunciado a cualquier análisis racional de su propia situación y se había dejado llevar por la atracción insólita que sentía por Jacinta: una atracción, tan urgente como permanente, que enviaba a un segundo plano el conjunto de los que habían sido, hasta que la conoció, su interés principal: escudriñar los rincones más inaccesibles de la materia y de la energía y realizar aportaciones de peso a la comprensión de la realidad. Su carrera académica había sido continua y brillante, pero no la impulsaba un afán de protagonismo sino un propósito de trascendencia. Al igual que los físicos geniales de la vieja escuela, aspiraba a construir cimientos para la filosofía. La historia de la supuesta alma enfrascada le abrió la oportunidad de regalarse un respiro, de iniciar un paréntesis de vacación en el mundo mental metódico, riguroso y exigente en el que había vivido hasta entonces, y se dejó llevar. “Una aventura disparatada junto a una mujer que me encanta —pensó—; tengo que darme chance, y ya retomaré mi vida”.

Cuando vio a Jacinta arrodillada, llorando y abrumada por el desamparo, Andrés percibió cosas novedosas. Conmovido por la devastación en la que había caído su amante, tuvo una ráfaga de revelaciones: fuera cual fuera la verdad en torno al frasco y el Conquistador, lo cierto es que aquel cuarto de servicio de esa casa era a a Jacinta lo que el recipiente a Cortés: en ese recinto se había preservado el alma de ella y que una señora “dulce, acomedida, entregada en cuerpo y alma a su misión de mamá y esposa” (la descripción es de Guadalupe), que venía a ser su madre, lo había roto en pedazos sin darse cuenta. Aunque hasta ese punto Andrés había conservado una buena dosis de escepticismo, se sintió profundamente lacerado por la perspectiva de que el preciado frasco de Jacinta terminara “en la basura, relleno de mermelada o algo por el estilo”, como la imaginó Noé con sumo disgusto.


“... Siniestra como la chingada...
(apreciación de Guadalupe)


Entonces sintió una ira súbita hacia la madre de Jacinta, a la que acababa de conocer hacía unos instantes, y le espetó:

—¿Dónde están las cosas?

—¿Qué cosas? —se atolondró la pobre mujer.

—Las que estaban en este cuarto —precisó él, con impaciencia.

—Pues... este... si era pura basura... Bueno, había unas que no... Unas se las llevó.... Ay, ¿cómo se llama?... Se las di a Doña... Doña Rufina...

Al escuchar aquel nombre, Jacinta se levantó, detuvo en seco su llanto y preguntó, con una voz de acero, a su madre:

—¿Doña Rufina, el tlacuache?

—Sí, hija, a don... digo, a doña... Bueno, pues, a ese...

—¿Y un frasco que estaba en una caja de cartón, que estaba en la estantería de metal? ¿Se lo diste?

—Ah, sí, había un frasquito... Ese yo lo quería guardar porque se veía como artesanal, pero ella me dijo que me lo compraba... Y como la vi tan interesada, pues se lo regalé... Es que me estaba haciendo el favor de llevarse todo el mugrero, ni modo que yo le aceptara...

—¿Cuándo fue? —interrumpió Jacinta.

—Ya te dije —replicó su mamá—. Fue justo ayer. Cómo me iba yo a imaginar que...

—Vámonos —dijo Jacinta a Andrés, e ignorando a su madre—. Con suerte, lo recuperamos.

—Pero, ¿a dónde? —preguntó él.

—Tú, muévete. Vamos a...

* * *

—¿Llegará el tiempo en el que vuelva a ser yo? —preguntó al brujo, una tarde

—El yo encarnado —dijo enigmáticamente el pequeño maya, y volvió a su silencio.

Él era sólo una vaga percepción de recuerdos e ideas que iban y venían, presencias escasas en un vacío casi total: ni tiempo ni sonidos ni temperaturas ni olores ni luz ni sombra. Entre una eternidad y otra, sin embargo, había sentido alguna vibración lejana, algo así como la diezmilésima parte de un galope, la milésima de un paso, la millonésima de una respiración.

En uno de esos tenues ramalazos le surgió, asociada a un rumor infinitesimal de desplazamiento, la imagen borrosa del paraje de Mecamalinco, “lugar donde se tuercen las sogas”, el barrio de mecapaleros del tianguis de Tlatelolco.

Y luego se sobrepusieron las nociones de una fecha —13 de agosto—, de un cambio de nombre —a Tequipeuhcan, “lugar donde comenzó la esclavitud”— de la imagen del rey Cuauhtemotzin derrotado, atado con sogas, humillado, sucio y cubierto de sangre seca, propia y ajena, ahogándose en su desesperación y en su pánico, rindiendo tributo en aquel día, obligado y sin saberlo, al Santo Cristo de las Penas.

Y llegó otra sensación más antigua que las más antiguas: un aroma de juventud, un viaje a Guadix, villa romana, luego mora y después, cristiana, en ese mismo día, pero muchos años antes, cuando se celebraba aquella festividad, y volvió al momento en que, en una cueva de las laderas, mientras la imagen lacerada de Jesús recorría las callejuelas al frente de la procesión, él, Hernando, entre los muslos de una mujer pública, se convertía en hombre.

Y desde un sitio muy remoto volvieron (¿o nunca se habían ido?) las imágenes procedentes del Anáhuac: apareció, sobrepuesto a la sensación distante de movimiento, Atenantitech, en donde él mismo había establecido parcialidades de indios para los escasos sobrevivientes del holocausto que había desencadenado sobre Tenochtitlan.

Y luego el eco del movimiento se detuvo en una imagen lejanísima de Atezcapan, aquel espejo de agua situado entre Tenochtitlan y Tlatelolco, por donde había pasado varias veces en sus trajines de Atila de la cristiandad, y que tras la Conquista conservó las tradiciones comerciales y el nombre, aunque traducido al castellano, y logró evocarlo con precisión: La Lagunilla.


(Continuará)


6.10.09

Ecos de Víznar


Junto al barranco de Víznar, en los alrededores de Granada, hay un olivo que da sombra a lo que puede ser la fosa común en la que yacen, desde hace 73 años, los restos de Joaquín Arcollas y Francisco Galadí, ambos banderilleros y sindicalistas; Dióscoro Galindo, maestro de escuela, y Federico García, poeta y dramaturgo. Allí fueron asesinados los cuatro, con una saña inaudita, por partidarios de un alzamiento armado que abominaba de la acción sindical, de la educación laica y de la cultura, y en ese mismo sitio —se dice— fueron inhumados sin identificación ni marca para la memoria. Pero eso posible que los huesos no se encuentren al piel de ese olivo, sino a 400 metros de allí, “en los olivillos que hay delante del Caracolar”, por en el camino que va de Víznar a Alfaca, a decir de un habitante de la zona. En todo caso, se estima que el franquismo pudo haber sembrado entre dos mil 500 y dos mil 700 muertos en los barrancos de Víznar. Se trata, en la totalidad de los casos, de civiles ejecutados sin juicio regular de por medio; en vez de proceso, a algunos de ellos se les fabricó “expedientes de depuración”. Consta en el de Galindo, por ejemplo, que lo mataron por el delito de “negar la existencia de Dios”.

El homicidio de García Lorca y de los otros tres está asociado a nombres específicos: Ramón Ruiz Alonso realizó su captura: José Valdés Guzmán, gobernador civil espurio, se hizo cargo de su cautiverio; el militar genocida Gonzalo Queipo de Llano dio la orden de asesinarlo, y ésta fue cumplida por el terrateniente y matarife Juan Luis Trescastro Medina, quien horas después del crimen recorrió los cafés de Granada para jactarse ante los parroquianos que había rematado al poeta con “dos balas en el culo, por maricón”.

Siete décadas después, los ecos de todos los proyectiles disparados en Víznar han vuelto a resonar en España y han generado una polémica encendida: la Asociación para la Recuperación de la Memoria Histórica (ARMH) mantiene firme la exigencia de exhumar los restos de García Lorca y de sus tres compañeros de martirio. Los familiares del poeta han expresado su rechazo a hurgar en la fosa común y expresan su temor de que cunda una alharaca mediática en torno a una desenterrada bóveda craneana en cuyo interior se gestaron Bodas de sangre, Poeta en Nueva York, Yerma y muchos otros textos geniales. Por el subsuelo de toda España —en parques públicos y reservas ecológicas, bajo el asfalto de las autopistas o de los cimientos de edificios modernos— hay hombres y mujeres enterrados por la barbarie franquista que quieren salir a la luz, y entre los vivos las heridas siguen abiertas. La célebre transición de los años setenta del siglo pasado eslabonó al fascismo con la democracia, para desdoro de la segunda. Es un lío.

Vistas las cosas a la distancia, habría sido mejor si no hubiera habido, en Víznar, en Granada, en Andalucía y en toda España, ningún asesinado por la represión política e ideológica y si se hubiese permitido seguir con vida a poetas, profesores, sindicalistas, mineros, campesinos e individuos de otros oficios y ocupaciones. Lo mismo puede decirse de lo que perpetraron en Centro y Sudamérica, en décadas posteriores a la guerra civil española, la subversión militar de derecha, o, en México, gobiernos civiles como los de Díaz Ordaz, Echeverría y López Portillo. Lo peor es que, después de ellos, la tentación de ordenar el homicidio de opositores ha seguido presente en el ánimo de los gobernantes. En el sexenio de Salinas hubo centenares de perredistas asesinados, y hasta uno que otro priísta destacadísimo; en el de Zedillo ocurrieron masacres de campesinos a granel (Aguas Blancas, El Charco, Acteal, El Bosque...), toleradas o instigadas desde instancias del poder público; en el de Fox, las fuerzas policiales y parapoliciales mataron activistas en Sicartsa, en Atenco y en Oaxaca; en lo que va del calderonato, con el telón de fondo del baño de sangre causado por la llamada “guerra contra la delincuencia”, han regresado las desapariciones forzosas y los homicidios políticos.

Al país le va a costar años reparar el desastre causado por una política económica en la que confluyen el cinismo y la insensatez: hasta ahora el calderonato ha lanzado a la miseria a seis millones de mexicanos y la cifra va en aumento día con día. Ojalá que este régimen —que se hermana con el franquismo en lo clerical, lo ignorante, lo antipopular y lo autoritario— controle los impulsos hacia la guerra sucia, se mire en el espejo del barranco de Víznar y haga conciencia de que los asesinados por un poder represivo siguen floreciendo durante muchas décadas.



4.10.09

El nuevo procurador


El nuevo procurador,
Arturo Chávez y Chávez,
a todos los causa horror
por eso que tú ya sabes:

cuando mataban mujeres
en la frontera soleada,
por no cumplir sus deberes,
este güey no hacía nada.

Más bien hacía de más
puras cosas detestables:
pues cuando fue mandamás
se dio a fabricar culpables.

En Ciudad Juárez moría,
sin piedad ni compasión,
una mujer cada día
enfrente de este cabrón.

Siendo fiscal chihuahuense,
evidencias destruyó,
y si hay alguno que piense
que esto lo he inventado yo,

lo ocurrido en esos lares
es documentado y cierto:
lean Las muertas de Juárez
o Huesos en el desierto.

Aunque hoy se muestre radiante
con olor de santidad,
fue Chávez Chávez garante
de total impunidad.

Cientos de madres dolientes
llegaron a su oficina
pero no había expedientes
de aquella furia asesina.

Los deudos, con sus quebrantos,
piden la investigación
siendo los crímenes tantos,
con saña y mutilación.

“Fuera de aquí, viejas brujas
–les respondió a las mamás–:
sus hijas eran pirujas
y se merecian más.”

Felipe: estás que te mueres
por ver que en todo el país
sacrifiquen más mujeres
enfrente de este infeliz.

Lo propones sin rubor,
aun siendo tan inepto,
y lo haces procurador
violando todo precepto.

El PRI y el PAN ratifican
al contumaz abogado;
más mujeres sacrifican
en un modo anticipado.

El PRI, perverso y discreto,
tiene una motivación
pues ya calcula en secreto
que se chingue Calderón:

“Si lo nombra el gobernante
con entera libertad,
es, de ahora en adelante,
su responsabilidad”

Así, de forma inclemente,
han conseguido, en un tris,
joder a toda la gente
que habita en este país.

1.10.09

El último suspiro
del Conquistador / IV


Durante el sobrevuelo del Atlántico en dirección al oeste, Jacinta y Andrés evitaron hablar de lo que harían al llegar al Distrito Federal. Bastante tenían ya con su historia apasionada y absurda que en un abrir y cerrar de ojos había trastocado sus vidas, y ninguno de ellos quería entrar en discusiones ni tocar asuntos escabrosos que pudieran alterar la inmersión en el idilio.

Ella había abandonado sus estudios de maestría y él había desertado de su doctorado, y habían pasado dos semanas encerrados, hablando y transitando de la penetración a la compenetración, en el pequeño estudio parisino de Andrés —por el rumbo deprimente de la Goutte d’Or— y éste no sabía a ciencia cierta la razón de ese disparate. Jacinta le había relatado la historia de un frasco que ella había robado a un chamán del sureste y en el que, ella decía estar convencida, había una materia desconocida y misteriosa; según su propietario original se trataba del alma de un difunto, y ella pensaba que el difunto era nada menos que Hernán Cortés. Más aun, las tradiciones de los enfrascadores de almas sostienen que el fallecido puede ser devuelto a la vida si se espera el tiempo suficiente para que el gas contenido en el recipiente logre, por sí mismo, un estado líquido, y se le pone entonces en contacto con un fragmento de hueso del muerto.

Hasta antes de encontrarse de manera casual con Jacinta en la estación de trenes de Montparnasse, Andrés habría tomado toda la historia como una hermosa superstición. Narrada por Jacinta, sin embargo, adquiría un aire de verosimilitud que chocaba con las certezas científicas y racionalistas que lo habían inclinado, casi desde niño, por las ciencias duras. Mientras apuraba las horas del vuelo París-México, Andrés ya no sabía si había tirado por la borda sus planes de vida para estar con Jacinta porque la loquera del alma de Cortés le resultaba fascinante o bien si Jacinta le gustaba tanto que la atracción hacia esa mujer, que dormía a su lado, hecha ovillo en el asiento de clase turista, lo había llevado a creer el cuento y a abandonar su carrera. Jacinta, por su parte, no se hacía líos: estaba segura de poseer un objeto extraordinario o, cuando menos, lleno de alguna materia hasta entonces desconocida y tenía la certeza de que, fuese lo que fuese, daría pie a una revelación trascendental, mucho más importante que la culminación de una incierta maestría en el extranjero; por otra parte, había conocido, de manera providencial, a un hombre que le encantó desde el primer golpe de vista y que, para colmo de su dicha, podía ayudarla a desentrañar el misterio del frasco. Había logrado integrar en una sola fórmula las que, por entonces, constituían sus aspiraciones principales, y era feliz.

* * *

—¿Habré de ver el paso de los siglos? —le preguntó un día, con la inquietud embozada y con la mirada hacia otro lado.

—No vas a tener tus ojos para ver —respondió Tomás. Aquel indio siempre le había dado miedo; un miedo más hondo que el provocado por el mar, pero no más intenso que la cercanía del combate. Por eso nunca podía verlo a los ojos. Muchas veces se había sentido tentado de dejarlo encargado en alguno de los muchos poblados por los que había pasado, en son de paz o de guerra; había hecho planes para asignarle una hacienda menor y un señorío ínfimo; había soñado con mandar que le cortaran el cuello o, cuando menos, que le sacaran los ojos para no enfrentar nunca más aquella mirada pequeña y brillante que salía de un fondo de oscuridad. No habría de ser la primera ni la última vida ni la última facultad arruinada en aras de la Corona y de su propio provecho.

Pero Tomás le daba miedo, y él, Hernán Cortés Monroy Pizarro Altamirano, conocía la importancia del miedo. En Salamanca, en sus años de escolapio, había leído algo de Aristóteles y el filósofo dijo que el temor, al igual que la alegría y el enojo, son movimientos del alma. Motivos para la alegría y para el enojo había tenido de sobra, pero el miedo, en su vida, le había llegado siempre en dosis fugaces y concentradas, y Tomás había venido a convertirse en el ancla de un miedo al que necesitaba tener siempre presente como uno de los motores del alma. Además, tenía presente la promesa de inmortalidad que el brujo le había hecho.

—¿Cómo podré estar a mis anchas si me llego a hallar prieto en un frasco? —inquirió en otra ocasión, con una voz acerada que disimulaba la zozobra.

—Tú no vas a caber en el frasco. En el frasco va estar sólo tu piixán, que es tu ánima. Y esa no va a sentir nada —respondió el indio, impasible.


* * *

Después de pasar por Migración y por la aduana del aeropuerto, Jacinta le preguntó a Andrés a bocajarro:

—¿Con quién vives?

De primera intención él no supo qué contestar porque ya no lo tenía claro: había vivido solo en su última etapa en México, había vivido solo en París, y ahora...

—Contigo —le vino la ocurrencia.

—Ya sé —replicó ella, como si escuchara una obviedad—. Quiero decir, con quién vives en México.

—No vivo... no vivía en México.

—Pues yo tampoco. Desmonté mi departamento cuando me fui a la maestría, así que tendremos que buscar dónde vivir. Un hotel, por lo pronto.

Andrés no se opuso y siguió haciendo lo mismo que en las dos últimas semanas: dejarse llevar. Cada uno de ellos traía consigo, además de las maletas, cajas con libros y papeles, además de objetos varios acumulados durante sus respectivas estancias en Europa. Jacinta determinó que irían a un hotel del centro de la ciudad, que allí dejarían la ropa y los objetos de limpieza personal y que luego se dirigirían a la casa de sus papás, en la Colonia del Valle, para depositar allí el resto de las cosas en tanto encontraban un departamento.

—Está el cuarto de servicio, que sirve de bodega —explicó—. Y además, ahí tengo guardado el frasco.

Se apearon frente a una casa de jardincito frontal con pórtico de ladrillos perfectamente maquillados de rojo. Jacinta tocó el timbre y poco después su madre salió a recibirlos. Emitió un grito de alegría sorprendida a l ver a la hija y, cuando reparó en la presencia de Andrés, torció la ceja en un gesto de extrañada cordialidad y de anticipado visto bueno. Se le atragantaron las preguntas y Jacinta no le ayudó.

—Después te explico, mamá —dijo, con impaciencia—. Mira, él es Andrés. Tuvimos que regresar por una investigación urgente. Ya te vamos a platicar despacio. Por ahora, no vamos a darte lata; sólo vamos a dejar nuestras cosas por unos días en el cuarto de servicio, y voy a recoger allí otras que...

—¡Ay, hija, qué suerte!—interrumpió la mujer—. Justo ayer terminé de escombrar el cochinero que había allí.

Jacinta se quedó un momento paralizada y luego, sin decir palabra, jaló la mano de Andrés, lo remolcó por un pasillo de servicio y lo obligó a seguirla, peldaños arriba, por una vieja escalera metálica de caracol que terminaba en una puerta metálica. Corrió el cerrojo, abrió con rabia contenida y entonces ambos se asomaron a una pequeña habitación en la que había un sofá cama, unos cuadros apilados, y nada más. Ella se quedó flácida de golpe y no pudo más que musitar:

—Ay, no.
(Continuará)


29.9.09

¿Por desgracia?


Miren nomás: dice el Diccionario de la Real Academia (RAE) que desgracia es, 1, “suerte adversa”; 2, “suceso adverso o funesto”; 3, “motivo de aflicción debido a un acontecimiento contrario a lo que convenía o se deseaba”; 4, “pérdida de gracia, favor, consideración o cariño”; 5, “desagrado, desabrimiento y aspereza en la condición o en el trato”; 6, “falta de gracia o de maña” y 7, “menoscabo en la salud”. El sentido de fatalidad se consolida con lo que el mamotreto dice de la expresión “correr alguien con desgracia”, que significa “no tener fortuna en lo que intenta”. De la palabra infortunio, la RAE afirma que es, 1, “suerte desdichada o fortuna adversa”; 2, “estado desgraciado en que se encuentra alguien” o “hecho o acaecimiento desgraciado”. “Por desgracia”, dijo Felipe Calderón el sábado anterior, “millones de mexicanos viven todavía en la miseria”.

Es harto conocida la afición de este hombre a violentar el sentido de los vocablos, en ocasiones hasta la antonimia: en calderonés vulgar (¿habrá otro?), “empleo” quiere decir desempleo; “seguridad” significa inseguridad; “transparencia” tiene la connotación de desaseo administrativo; “democracia” es sinónimo de atropello a la voluntad popular; “gobernar” implica desgobernar; “legalidad” denota impunidad; “compromiso” es desinterés; “justicia” es Chávez Chávez; “estado de derecho” debe leerse en la acepción García Luna; “educación” quiere decir negocio de mafiosos sindicales; “defender” significa entregar, privatizar, malbaratar, o las tres cosas juntas. En la declaración comentada, fue más o menos preciso en el uso de “millones”, “mexicanos” y “miseria”, pero su “por desgracia” fue una verdadera y original aportación al enriquecimiento de sentidos de esa expresión de dos palabras. Parece que quiso emplearlas en la primera, segunda o tercera acepciones aceptadas por la Academia y dejar implícito que si hay millones de mexicanos en la miseria, ello es consecuencia de la mala suerte, un traspié en la fatalidad, un rebote del azar o una cosa del destino; en suma, un fenómeno que escapa al control y a la voluntad de los humanos.

No es así. Los millones de mexicanos miserables y los dos tercios –o más– de población que se encuentra en situación de pobreza no han sido reducidos a esas condiciones por capricho de las parcas griegas ni por un mal golpe de dados en el destino de la nación, sino por efecto de una política económica dedicada a engendrar y a engordar a unos cuantos multimillonarios y a producir una muchedumbre de pobres y de miserables. Abreviemos: hay millones de mexicanos en situación de pobreza o de miseria, sí, pero no por desgracia, sino por culpa de Felipe Calderón. Y también, claro, de sus aliados políticos y empresariales, de sus antecesores, de sus cuates, de sus parientes, de sus compadres, comadres y compinches, de sus patrones verdaderos, que no son los ciudadanos sino los corporativos: ellos lo pusieron en donde está, y a ellos rinde las cuentas reales.

Las pruebas sobran: el calderonato mantiene a sus cuadros principales –empezando por el propio declarante– en un tren de boato ofensivo y a ese propósito destina la tajada del león del presupuesto; los impuestos son un mecanismo de distribución invertida de la riqueza: 40 potentados se distribuyen entre sí la de cien millones, gracias a los regímenes especiales de recaudación, que perdonan las cargas fiscales de los primeros pero exprimen sin piedad (“hasta que duela”, era una expresión dilecta de Gil Díaz, antecesor de Carstens y hoy empleado de su exenta Telefónica) los bolsillos rotos de asalariados, pequeños comerciantes y empresarios, profesionistas independientes y (cómo no les da vergüenza o, cuando menos, remordimiento, que es más íntimo) consumidores situados precisamente en los nichos estadísticos “pobre” y “miserable”. En vez de crear empleos con el dinero que sobra después del saqueo, el calderonato, al igual que las administraciones que lo precedieron, reparte morralla (o calderilla, que es un diminutivo de lo que calderón aumenta) entre los “desgraciados” que conforman esos estamentos mayoritarios; es decir, compra votos.

Tropo es “empleo de las palabras en sentido distinto del que propiamente les corresponde; eufemismo, “manifestación suave o decorosa de ideas cuya recta y franca expresión sería dura o malsonante”. El hacedor de tropos de Los Pinos consagró “por desgracia” como eufemismo de “por mi culpa”. Bueno, “por nuestra culpa”. La verdadera desgracia para el país se llama Felipe Calderón. La persistencia y la expansión de la pobreza y la miseria son, en cambio, consecuencia de una rapiña sostenida que ha venido cambiando de apellidos: Salinas, Zedillo, Fox y ahora, Calderón.

24.9.09

El último suspiro
del Conquistador / III


No bien había terminado de acceder a la petición de Jacinta, Andrés sintió una desoladora incomodidad intelectual y quiso eludirla por medio de una nueva zambullida en la carne, pero ella lo paró en seco. “Espérate —le dijo—: ¿Cómo, dónde y cuando vas a analizar mi frasco?” Él apartó las manos de aquel cuerpo espléndido ; con un suspiro de resignación, transitó del ámbito del deseo al reino del intelecto e intentó descomponer el problema en sus hechos básicos: “Vamos a ver; tú posees un recipiente y sospechas que adentro de él se encuentra el alma de Hernán Cortés, o de cualquier otro mono, de un muerto equis. Me pides que yo te ayude a analizar el contenido del frasco, pero sin abrirlo; eso no sería problema si el análisis tuviera una dirección determinada, es decir, si tuviéramos al menos preguntas específicas: ¿Composición química? ¿Pre-sión?¿Densidad? Pero lo que tú quieres es que yo determine si ahí adentro hay un alma o no, y eso, simplemente, no hay forma de averiguarlo.”

—¿Por qué?

—Porque nadie conoce la fórmula ni las propiedades físicas del alma, suponiendo que existiera —contestó Andrés con un leve tono de burla—. De hecho, se supone que el alma no tiene propiedades físicas.

—Lo que pasa es que, hasta ahora, nadie ha tenido oportunidad para averiguarlas—porfió ella—. Pero si el alma existe tendría que ser una sustancia muy rara. Lo que yo te propongo es que nos vayamos a México, que pasemos a casa de mis papás a buscar el frasco, que lo llevemos a un laboratorio y que veas si contiene algo más que aire común y corriente.

Ante el disparate, Andrés se rió a pesar de sí mismo. No habían pasado 8 horas desde la aparición de Jacinta en su vida y se preguntó si no estaría a punto de descarrilarla por las obsesiones de una loca. Jaló “aire común y corriente”, como acababa de decir ella, e intentó un nuevo ordenamiento de la situación:

—Espérate —le dijo—. Me gustaste desde que te vi, me caíste muy bien cuando platicamos, decidí atrasar un día mi llegada al CERN y no me arrepiento: he pasado unas horas más que gratas contigo, pero, la verdad, no voy a irme ahorita a tomar un avión a México para ir a buscar un frasco en el que tú sospechas que hay algo raro. Te propongo esto: mañana muy temprano nos vamos de aquí, tú te vas a pasear por Ginebra, como lo tenías planeado, yo me voy a Saint-Genis-Pouilly a hacer mis cosas, nos volvemos a ver en París en una semana, o algo así, y vamos pensando en qué hacer con tu alma de Hernán Cortés. ¿Te parece?

Para su sorpresa, ella accedió, le prometió no volver a hablar del asunto sino hasta la próxima cita; el resto del día se contaron sus respectivas vidas, al caer la noche cenaron en un restaurante de montaña, luego volvieron al hostal, hicieron el amor como conejos y a la mañana siguiente salieron muy temprano, y sin haber dormido, hacia la estación de trenes. Abordaron juntos el tren a Ginebra, llegaron a la estación de Cornavin y allí tuvieron que despedirse. Él estaba por anotar su número telefónico en un papelito pero ella se le adelantó. Sacó de su mochila un marcador de tinta de agua, le arremangó la camisa, le garabateó una dirección electrónica en el antebrazo y le dijo:

—No te bañes antes de apuntarlo en otro lado. Si te interesa, ya me buscarás tú a mí.
Acto seguido, se dio la vuelta y se alejó con paso rápido, pero firme, sin una palabra más ni un beso de despedida. Él tuvo el impulso de alcanzarla pero en ese momento tuvo un ataque de pánico: el CERN o ella. “Si nos decimos una palabra más, no termino el doctorado”, pensó, y se quedó parado, a la espera de que ella terminara de desaparecer. Copió en su agenda el email de ella, salió a tomar un taxi y le pidió que lo llevara a un hotel situado en la Rue Auguste Piccard. Tomó posesión de su habitación y se sintió furioso consigo mismo por no poder dejar de pensar en Jacinta. Sacó la laptop de su maleta, se conectó a la red inalámbrica gratuita, abrió el correo y se puso a redactar un mensaje para ella.

Tras dejar a Andrés en la estación de Cornavin, Jacinta se metió a un cafetín, pidió un café doble, se sentó en una mesa y se echó a llorar. “Por qué tengo que mezclar así las cosas —se dijo a sí misma—. Este güey me gusta mucho.” Se prometió que si llegaba a recibir un correo de Andrés, se concentraría en buscar algo con él y dejaría el frasco fuera del encuentro. Se fue a la residencia estudiantil de la Ciudad Universitaria, se desembarazó allí de su mochila, paseó hasta el atardecer y luego se dirigió al cibercafé de la estación para consultar su correo.

El día siguiente, por la tarde, Jacinta se mudó a la habitación 23 del hotel Balladins, y esa misma noche, tras varios desagües hormonales intensos en compañía de Andrés, el alma del Conquistador volvió a anteponerse entre ellos.

—¿Un gas que se hace líquido él solito con el paso del tiempo? —inquirió él— ¿Eso se supone que es el contenido de tu frasco? Es imposible: habría que enfriarlo hasta una temperatura determinada, para evitar que explote, y luego, someterlo a una presión específica. Sería, en todo caso, un proceso de condensación, no de licuefacción. Déjame formular tu loquera de modo que revista un mínimo interés científico: alma o no alma, Cortés o no Cortés, brujos o no brujos, un frasco lleno de algo que después de tantos años tendría que ser aire, y cuyo contenido se vuelve líquido sin que medie un brusco cambio de temperatura o una compresión súbita, tendría que ser una anomalía.

—El aire es un gas; define gas —pidió ella.

—No, es una mezcla de gases —corrigió Andrés, y accedió—; gas es un estado de agregación de la materia sin cohesión y sin forma ni volumen propios; se trata de un conjunto de moléculas no unidas entre sí, de densidad menor que la de los líquidos y los sólidos, que se expande libremente hasta llenar el recipiente que lo contiene.

—Define líquido —volvió Jacinta.

—Fluido de volumen constante en condiciones de temperatura y presión constantes, con propiedades de capilaridad y tensión superficial, de forma esférica, en ausencia de gravedad, y definida por el contenedor, en función de la gravedad; en ciertos casos, propiedades anisotrópicas...

—Párale a tu cacle-cacle —interrumpió ella— y escucha esto: “... Constreñida / por el rigor del vaso que la aclara, / el agua toma forma./ En él se asienta, ahonda y edifica, / cumple una edad amarga de silencios / y un reposo gentil de muerte niña, / sonriente, que desflora / un más allá de pájaros / en desbandada. / En la red de cristal que la estrangula, / allí, como en el agua de un espejo, / se reconoce; / atada allí, gota con gota, / marchito el tropo de espuma en la garganta / ¡qué desnudez de agua tan intensa, / qué agua tan agua, / está en su orbe tornasol soñando, / cantando ya una sed de hielo justo!”

Andrés había vivido, hasta entonces, sin ser consciente de su propia sensibilidad ante la palabra y sin reparar —tal vez hubiese leído el texto en la prepa, pero nunca le dio importancia— en la Muerte sin fin. El poema de Gorostiza, declamado, para rematar, por la boca de Jacinta, le causó un impacto inmediato y trascendental. Antes de que ella terminara, él supo que no concluiría el doctorado. Dos semanas después, la pareja abordaba un vuelo París-México. “Todavía no lo puedo creer”, dijo él, al abrocharse el cinturón de seguridad. “Me has descarrilado la vida.”

—Quién sabe —replicó Jacinta—: en una de esas, te la estoy encarrilando. Por ahora, mejor relájate y piensa en nosotros como protagonistas de una historia que continuará.

22.9.09

Civilidad


Si el amontonamiento de seres humanos que se produjo en el Zócalo capitalino la noche del 19 de septiembre se resolvió, a la postre, con saldo blanco, y si el asunto no pasó a mayores, “fue por la forma en que actuamos los ciudadanos”, dijo a reporteros de La Jornada (20/09/09) una asistente a la segunda presentación del espectáculo multimedia que el calderonato había estrenado en esa plaza, repleta de empleados públicos acarreados, cuatro días antes. Luego se supo que los elementos del Estado Mayor Presidencial, en el afán de cuidar a su jefe, cerraron durante hora y media varias salidas —las calles de 16 de Septiembre, Madero y 5 de Mayo— e hicieron chocar entre sí a grupos de espectadores entrantes y salientes. “La gente llegó aquí desde la tarde para la función de las 20:30 (que) terminó a las 20:55 y desde esa hora nadie podía salir; empezamos a caminar por las calles, pero estaban bloqueadas, afirmó otro testigo citado por Reforma (20/09/09); según ese periódico, hasta las 23:00, el declarante no había podido abandonar el Zócalo. Las funciones subsecuentes del tal espectáculo multimedia fueron canceladas, pero el bien conocido libreto presumiblemente continuará: en el próximo capítulo algún funcionario federal le echará la culpa del estropicio a las autoridades capitalinas.

Es muy alto, en efecto, el grado de civismo social al que hizo referencia la ciudadana de la primera nota. Esa virtud no sólo impidió que en el Zócalo tuviera lugar una versión multitudinaria de la tragedia que la policía capitalina provocó en junio del año pasado en el antro News Divine; tan elevado, que después de tres años de estar sujetos a una doble exaltación de la violencia como único recurso de desgobierno (Calderón) y de éxito inmediato (el narco), siguen siendo excepcionales los episodios como el del tipo del revólver .38 especial en el Metro Balderas. No vienen al caso en el recuento, claro, los innumerables pistoleros, zetas, familiares, paramilitares y matarifes que han encontrado un modo de vida (breve) en la eliminación del prójimo, sino de esos paroxismos individuales con arma de fuego, tan comunes en Estados Unidos, por ejemplo.

No hay que tomarlo a la ligera: el discurso oficial, multiplicado y rebotado en un bombardeo de spots y carteles, es un instrumento de educación moral que legitima la guerra y la aniquilación y presenta a las instituciones en una actitud de bravuconería armada no tan diferente a los modos que los crminales ostentan en los videos que cuelgan en Youtube. Más allá del discurso, en los hechos, la movilización policial-militar deja caer sobre las poblaciones que la sufren un mensaje inequívoco: la implantación expedita y de facto de la pena de muerte, el atropello contra inocentes y la suspensión discrecional de garantías son medios justificados por el fin supremo (e incierto) del combate a los cárteles. Si el gobierno de Calderón puede matar, encarcelar, allanar y suprimir el libre tránsito a quien se le antoje con tal de “salvar a los jóvenes del flagelo de las drogas” (sí, cómo no), a más de alguno le parecerá sensato remontar el calentamiento global perpetrando una carnicería en una estación del metro. En la relación entre los medios y los fines de ambas aventuras hay un manifiesro disparate. A juzgar por resultados, ambas han sido, en distinta escala, tan cruentas como inútiles.

Lo extraño en el contexto no es que ocurran estos hechos; lo significativo —y alentador— es que el ejemplo de la violencia no haya cundido en un entorno salpicado de balaceras entre bandos difusos.

Mientras la oligarquía gobernante se empeña en destruir la convivencia por medio de agresiones directas e indirectas, cruentas y no, contra la mayoría de la población —fabricación de culpables, criminalización de las luchas sociales, transferencia de las políticas sociales al reino de la simulación, carestía deliberada, desempleo inflado desde las oficinas públicas, ostentación insolente en medio de las ruinas de la economía—, el grueso de la gente se aferra a la paz y a la civilidad, se abstiene de herir y de matar, no sale armada a las calles a pregonar el fin del mundo establecido: sale como puede, y procurando que nadie quede lastimado, de convocatorias torpes y cargadas de desdén y paranoia, como la que formuló el calderonato para que la gente acudiera al Zócalo el pasado 19 de septiembre. Hay mucho para construir. Esa civilidad a contrapelo de la insensatez oficial es una gran razón para el optimismo.

17.9.09

El último suspiro
del Conquistador / II


La semana pasada dejamos a Jacinta y a Andrés embobados la una con el otro y al revés, en algún hostal próximo a la frontera franco-suiza. Se habían conocido horas antes, en la estación de Montparnasse, cuando ambos estaban a punto de abordar el tren a la nación helvética. En el camino decidieron no llegar a sus respectivos destinos originales (él se dirigía a Meyrin en viaje de estudio, ella a Ginebra en turismo de fin de semana), dirigirse a cualquier pueblo e irse juntos a platicar y a hacer más cosas. Entre una y otra de esas, Jacinta le contó a Andrés que había investigado a los almeros de la cuenca del Usumacinta que se dedican a enfrascar (y a almacenar, en su caso) el ánima --contenida en el último suspiro-- de los moribundos y le expresó su sospecha de que en el aire contenido en los frascos correspondientes había algo más que aire, es decir, algo que ella no sabía qué era, pero que en una de esas resultaba ser realmente, gulp, el alma del individuo. Inicialmente, Andrés recibió la elucubración con el escepticismo propio de un físico próximo a concluir el doctorado. El joven desarrollaba una experimentación de frontera sobre la caracterización del plasma de quark y gluones, o bien con una pequeña aportación a la búsqueda del Higgs y Susy, y no me pregunten qué es todo eso, porque yo nomás transcribo lo que puede hacer un físico mexicano en el laboratorio del CERN en Saint-Genis-Pouilly. Pero Andrés no requirió de una colisión de hadrones para dar cabida en su mente rigurosa a la idea de Jacinta: un par de orgasmos bien trabajados le bastaron para reorientar sus inquietudes teóricas y prácticas, y si la historia resultante fuera cierta, bien podrían haber sido los más trascendentes en la historia del pensamiento científico. Yo no digo que sí ni que no: simplemente consigno la historia tal y como me la contó uno de los participantes, y tampoco revelaré cuál de los dos.

Una referencia fundamental que omití sin querer en la versión impresa del capítulo anterior (pido perdón por la omisión, oportunamente señalada por el lector Alejandro Murillo) es que originalmente Jacinta supo de los almeros por “El embotellador de almas”, un cuento de Eraclio Zepeda cuya versión en audio, y con voz del autor, puede hallarse, entre otros sitios, en el blog contandoelcuento.bli-goo.com. Fue por leer o escuchar esa historia que Jacinta, una mujer de intuiciones privilegiadas, sospechó que la práctica de enfrascar almas podía ser algo más que ficción, y que, años antes de encontrarse en Francia con Andrés, decidió ir a Chiapas en busca de los almeros. En su práctica de campo dio con algunos de ellos, todos muy viejos ya.

Conforme entrevistaba a los enfrascadores, Jacinta iba cediendo al deseo de poseer uno de los recipientes. Una tarde abusó de la confianza de un almero que la había albergado en su casa: en un momento de ausencia del anfitrión, robó de un viejo almario un bote de vidrio soplado que tenía, colgado con una cadenita antiquísma, el escudo de armas del Marquesado del Valle de Oaxaca. La antropóloga “concluyó que se había convertido en la feliz propietaria del alma de don Hernando Cortés Monroy Pizarro Altamirano”, escribí en la navegación de la semana pasada, y el lector Ernesto Carranza me expresó su gentil indignación porque Jacinta debe ser considerada “la infeliz ladrona que, aprovechándose de la confianza del almero, le hurtó algo que seguramente para él tenía un sentido más trascendente, y no un supuesto afán antropológico”. Concuerdo con ese juicio. El hecho es que, tras su fechoría, Jacinta regresó radiante a la Ciudad de México; que en los meses siguientes se hundió de cabeza en la lectura de todos los cronistas habidos y por haber (desde Alva Ixtlixóchitl, Fernando, hasta Vázquez de Tapia, Bernardino, pasando por todo el resto del abecedario) y que en los renglones de alguno de ellos encontró la pista del almero Tomás: “un brujo que nubló el entendimiento de Cortés con la promesa de la inmortalidad”, decía la crónica, y al que el Conquistador mantuvo a su lado desde que lo reclutó en su expedición a Las Hibueras hasta que regresó a España para desenredar las intrigas que se cernían sobre su cabeza.

Quién sabe qué le dieron de tragar en la Madre Patria; es posible que una butifarra podrida haya logrado lo que no consiguieron los ejércitos aztecas durante la Noche Triste. La cosa es que Cortés enfermó del vientre y que murió el 2 de diciembre de 1547, en Castilleja de la Cuesta, a los sesenta y tres años de edad, con un cura horrorizado a la izquierda y el indio Tomás, impertérrito, del lado derecho, y entre una demasía de eructos y flatulencias, mentadas de madre a granel e imprecaciones contra el jodido Rey Nuestro Señor, quien tan mal le había pagado sus servicios monumentales a la Corona. En el momento postrero, Tomás pronunció un conjuro en su lengua y realizó un pequeño ritual que fue visto con benevolencia por el sacerdote, quien tal vez deseaba alejarse lo más pronto posible de un muerto tan blasfemo y pedorro. “Entregó el alma”, decía la narración que leyó Jacinta. “Entregó, mis huevos”, se dijo para su coleto la sagaz antropóloga, que siempre ha sido mal hablada: “Se me hace que a este güey lo embotellaron, y que hoy está en el cuarto de servicio de casa de mis papás”.

Años más tarde, sobre el colchón demasiado blando de un hostal barato en los alrededores de la frontera franco-suiza, Jacinta preguntó a Andrés si con los instrumentos contemporáneos era posible realizar un análisis exhaustivo del gas contenido en un frasco sin abrir el recipiente y sin alterar su contenido. “Imagínate –replicó él–, si los astrónomos son capaces de determinar la composición química de cuerpos situados a mil años luz de la Tierra, sin más datos que la lucecita pinche que nos llega a través de esas distancias, cómo no se va a poder analizar tu dizque suspiro de difunto”. “¿Lo harías?”, preguntó ella con ansiedad. Entonces Andrés dio a Jacinta un “sí” mucho más trascendente que el matrimonial y se comprometió a investigar qué clase de contenido podìa haber en un frasco que, en ese momento, se encontraba a miles de kilómetros de allí. Pero, antes de eso, ambos tenían que tomar decisiones sobre lo que harían en los momentos próximos, en los días siguientes y en los meses por venir, y en esas disyuntivas a nosotros nos llega el tiempo de escribir “continuará”.

* * *

El próximo domingo, La Jornada conmemora su 25 aniversario. La circunstancia nacional actual es la más grave y preocupante de ese cuarto de siglo. Me atrevo a estar seguro de que si nuestro diario no existiera, la situación de México sería mucho peor.


16.9.09

El neovirreinato


Procter & Gamble, Coca Cola y Repsol, por ejemplo, han dejado algunos indicios, pero se requiere de una investigación minuciosa, con la perspectiva amplia que da la historia, para esclarecer los entramados que, en los hechos, han colocado a los grandes capitales del mundo como superiores jerárquicos de los más recientes habitantes de Los Pinos, y cabe dudar que los historiadores de la Corte se animen a emprenderla. Tal vez algún día conozcamos a detalle la función que desempeñaron los grandes corporativos del extranjero en la selección —e imposición, en su caso— de los gobernantes mexicanos de las últimas décadas del siglo XX y la primera del XXI: los virreyes contemporáneos que han propiciado la transferencia a las transnacionales de la propiedad de los bancos, las minas, los ingenios, buena parte de las telecomunicaciones, lo que queda de los ferrocarriles, la industria alimentaria, la generación de electricidad, los derechos de autor sobre obras de arte y especies vivas de origen nacional, entre otras cosas.

Ahora bien: por exasperante que sea el saqueo de los bienes nacionales, lo más intolerable de este virreinato neoliberal es la sistemática y deliberada devaluación de la gente. En la lógica en la que se nos ha situado, cualquier agente de seguros desarma con facilidad el lugar común de la ética según el cual la vida humana no tiene precio; cualquier empleador es capaz de tasar en una entrevista de cinco minutos el tiempo de una persona —nadie es nada sin tiempo y el tiempo es oro— y las eminencias de la Comisión Nacional de Salarios Mínimos se saben al dedillo el tabulador de precios de los mexicanos según su lugar de residencia. En la medida en que la apuesta del modelo neoliberal criollo ha sido competir en el mercado internacional de carne humana (exportada a través del Río Bravo o comprada in situ por la inversión maquiladora), lo procedente es reducir al mínimo posible el precio de esa mercancía para ampliar al máximo deseable el margen de utilidad de los mayoristas, subcontratistas e intermediarios locales.

Se ha venido restando valor a la población lanzándola al sector informal y a una situación de mera supervivencia, por medio del deterioro planificado de los servicios de educación, salud y transporte, y mediante la reducción regular de sus condiciones de alimentación y vivienda; en aplicación estricta de las leyes de la oferta y la demanda, se le ha abaratado con el mantenimiento de un desempleo enorme (aunque minimizado y disfrazado en las cifras oficiales), y con políticas inamovibles de contención salarial, de supuestos propósitos antiinflacionarios, por más que el mismo poder que las impone con una mano propicie, con la otra (impuestos, tarifas de servicios públicos) abrumadores y masivos incrementos de precios.

Resultados, a la vista: en cifras correspondientes a ingreso, prestaciones, seguridad social y poder adquisitivo, en las dos últimas décadas se ha ensanchado de manera pavorosa la brecha entre un mexicano promedio y un noruego, estadunidense o japonés promedio. Si a principios de los años ochenta del siglo pasado valíamos un tercio de lo que valen ellos, hoy la proporción es de un décimo, de un vigésimo, o menos.

El neovirreinato es distinto de lo que había hace un par de siglos: en vez de la Flota de Indias hay movimientos electrónicos bancarios y bursátiles y ya no es necesario el azaroso transporte en galeón para llevarse el oro literal o figurado de estas tierras. El marketing político, el terror sicológico y la hegemonía oligárquica sobre el conjunto de los medios informativos constituyen, en conjunto, un mecanismo de legitimación ideológica más eficiente (es decir, más aplastante) que la religión de Estado, y los criollos económicos de hoy en día no se andan con veleidades independentistas porque los nuevos peninsulares han aprendido a incluirlos, con la generosidad debida, en el reparto del pastel: hay cuarenta o cincuenta mexicanos que valen, cada uno, un dineral.

El desafío de la gesta contemporánea de independencia consiste en invertir esta tendencia, coagulada en estructura de dominación, y reorientar el impulso nacional hacia la restitución y el incremento del valor de la gente en general, no de medio centenar de potentados y de accionistas extranjeros sin rostro; en erradicar la estupidez inconmensurable de minimizar la riqueza central y básica del país, que es su población; en armonizar medios y fines, y en concretar ese proyecto civilizatorio en forma civilizada, es decir, pacífica: los ciudadanos deben ser los beneficiarios de esta transformación, no sus mártires; porque, a pesar de los cálculos de los amanuenses de la Corte y de la inmoralidad mercantil dominante, la vida no tiene precio.

15.9.09

Tributo


Honduras, Honduritas, qué heroica eres.

14.9.09

Estampas de la
nueva Independencia









10.9.09

El último suspiro
del Conquistador / I


Don Martín Cortés, segundo Marqués del Valle, mandó grabar en la primera tumba de su progenitor, a modo de epitafio, unos versos apresurados:

Padre cuya suerte impropiamente
Aqueste bajo mundo poseía
Valor que nuestra edad enriquecía,
Descansa ahora en paz, eternamente.

Ja, ja, ja. En esa sepultura, ubicada en la iglesia de la localidad sevillana de San Isidoro del Campo, el Conquistador duró sólo tres años, pues fue mudado, dentro del mismo recinto, a un nicho junto al altar de Santa Catalina; Dos décadas más tarde, sus huesos cruzaron una vez más el Atlántico y fueron depositados en el templo de San Francisco de Texcoco, en donde pudieron relajarse por medio siglo. En 1629 las autoridades virreinales pusieron los despojos junto al altar mayor del convento de San Francisco, pero setenta años después, por necesidades derivadas de una remodelación, fueron trasladados a la parte posterior del retablo. En 1794 Cortés fue exhumado por enésima vez, esa sí para darle gusto, y enterrado donde había deseado yacer: en la iglesia anexa al Hospital de Jesús. Pero en 1823 volvieron a molestarlo pues se temía que, al calor de las pasiones independentistas, las turbas profanaran la tumba del Conquistador. Lucas Alamán escondió los huesos bajo una tarima y propaló la especie de que habían sido enviados a Italia. 13 años después, ya calmadas las aguas, Cortés fue reubicado en un nicho en el mismo establecimiento, en donde lo dejaron en paz hasta 1946, cuando un grupo de historiadores fue a tocarle el timbre para efectos de autenticación. Los expertos dieron el visto bueno y el certificado de validez a los restos, volvieron a meterlos en el hoyo del que los habían sacado y hasta la fecha, que se sepa, siguen en ese sitio.


Lo que nadie supo, en cambio, es que Cortés, en su último viaje a la Península, había llevado con él a Tomás, un indio de la región del Usumacinta que dominaba los secretos del almacenamiento de almas. Conoció al brujo en el curso de su expedición a Las Hibueras y desde entonces lo mantuvo a su lado. El Conquistador entendía que ese procedimiento habría de garantizarle la existencia eterna.

Lo cuenta Eraclio Zepeda en un relato que puede escucharse aquí. Todavía en la actualidad, dice Jacinta por su parte, los enfrascadores o almeros recorren los pueblos de la región en busca de agonizantes (o, mejor dicho, de familiares de moribundos, que son los que todavía pueden abrir y cerrar el monedero); una vez contratados, permanecen al lado del enfermo, como zopilotes solícitos y discretos, a la espera del último suspiro. Cuando éste se acerca, el especialista tapa cuidadosamente una de las fosas nasales del agonizante (existe toda una discusión y una lucha entre escuelas en torno a si debe ser la izquierda o la derecha), aproxima a la otra un pequeño frasco, amarra las quijadas con un pañuelo grande para que la boca quede bien cerrada y, en el momento preciso, capta la exhalación postrera y cierra de inmediato el recipiente con un tapón de cera de abeja mezclada con chicle natural de la región, logrando un cierre perdurable y totalmente hermético. Luego, por un pequeño cargo extra, deposita el frasco, por tiempo indefinido, en uno de esos muebles a los que llaman almarios.

Quiere la tradición que algún día el aire contenido en esos frascos acabará por licuarse, que entonces el fluido resultante podrá emplease para humedecer una pizca de hueso del difunto y que de esa forma será posible devolver al muerto del otro mundo a éste. El problema es que nadie dijo cuánto tiempo hay que esperar para que el gas del frasco se vuelva líquido y que, desde tiempos inmemoriales, los almarios pasan de una generación a otra de enfrascadores, y si el conjunto de muebles y recipientes no ha desembocado en una proliferación incontrolable, como las explosiones demográficas que ocurren en los cementerios, es porque la vida moderna ha mellado la credibilidad de estos profesionales y cada vez menos personas recurren a sus servicios.

Dicen que la precisión y la oportunidad son fundamentales a la hora de atrapar el ánima del expirante, pues si ésta se mezcla con aire común y corriente, el resucitado será por consecuencia lerdo y distraído, o incluso tarado, y que si el recipiente se deja unos segundos de más en la fosa nasal del cadáver, se contaminará con efluvios mortíferos que tendrán por consecuencia un resurrecto desapegado y cruel. El frasco debe contener el alma y nada más. Pero, hasta donde se sabe, este debate técnico y sus derivaciones no ha podido ser zanjado en la práctica, pues todas las almas enfrascadas siguen esperando su momento de licuefacción.



Jacinta conoció al que luego sería su marido, Antonio, en la estación ferroviaria de Montparnasse. Ella había terminado la carrera de Antropología y estudiaba una maestría en París; él, físico, estaba por terminar un doctorado. Ella aprovechaba unos días libres para conocer Ginebra y él iba a una visita de investigación al laboratorio del CERN en Meyrin. Cruzaron las primeras miradas en el andén y ambos repararon en un detalle común: ella llevaba pegado a la mochila, y él impreso en la camiseta, el emblema de Los Pumas. El flechazo fue fulminante y poco más tarde, en los alrededores de Le Creusot, platicaban, como si se conocieran de toda la vida, muy pegaditos la una junto al otro en los asientos hinchados del tren rápido que hace el recorrido de París a Ginebra. No sin temor de que la considerara excéntrica o de plano loca, Jacinta le dijo que había objetos de culto que tendrían que ser tomados más en serio por las ciencias exactas y le citó el caso de los frascos de los almeros, con los que había tenido contacto en una práctica de campo, y en los que ella sospechaba que había algo más que una última bocanada de dióxido de carbono exhalada por un agonizante. En otras circunstancias, él habría tomado la observación por una chifladura, pero los ojos de Jacinta, grandes y hermosos, le ganaron la partida al escepticismo científico que caracterizaba al aspirante a doctor. Para cuando pasaron por Lyon, ambos habían perdido interés en sus respectivos destinos originales; en Chambéry descendieron del tren, se fueron a buscar un hostal y permanecieron en él los siguientes tres días. En los pocos momentos que hubo para la conversación, Antonio se comprometió a poner todo de su parte para analizar el contenido de los frascos chiapanecos.


Hasta entonces, Jacinta no le había contado todo a su amante súbito. No le había dicho, por ejemplo, que en una práctica de campo logró recibir hospedaje en la casa de un viejo almero y que su anfitrión le tomó confianza, tanta, que en una ocasión se animó a dejarla sola en la vivienda mientras él acudía a la cabecera municipal a gestionar unas escrituras; que ella aprovechó la ocasión para hurgar en un almario antiquísimo y que en ese mueble, vio un pomo al que había amarrada una cadenita; que pendiente de ella había un blasón inconfundible: las siete cabezas y los cuatro elementos de los cuarteles —el águila bicéfala, las tres coronas, el león rampante y el castillo torreado sobre un torrente— eran referencia inequívoca al Marquesado del Valle de Oaxaca, es decir, a Cortés; que no dudó un segundo: que robó el frasco, que abandonó de inmediato la casa del pobre almero despojado, que regresó en cuanto pudo a la Ciudad de México, que puso el recipiente a buen resguardo, en una bodega de la azotea de casa de sus papás, y que en los meses siguientes hurgó en crónicas y reproducciones facsimilares hasta que dio con una tenue referencia a la discretísima existencia del almero Tomás y concluyó que se había convertido en la feliz propietaria del alma de don Hernando Cortés Monroy Pizarro Altamirano; ah, y que deseaba revivirlo sólo para ver qué pasaba. Y ahora, dice la computadora, hay que teclear la palabra “continuará”.

* * *

El próximo 24 de septiembre iban a cumplirse 64 años de una de las últimas masacres perpetradas por las fuerzas militares alemanas en el extranjero: en esa fecha del año 1944 (habían transcurrido menos de cuatro meses desde el asesinato, a manos de la 2ª División Panzer, de 240 mujeres, 205 niños y 197 hombres en la iglesia de Oradour-sur-Glane, en Francia), el alto mando de las tropas nazis en Italia llevaba a cabo un operativo de represalia —la Operación Piave— contra la población civil del pueblo de Bassano, que tantos hijos suyos daba a la resistencia partisana. Entre los días 20 y 28 fueron asesinados 264 varones adultos, ancianos y niños. El 24 los ocupantes ofrecieron a todos los hombres de la localidad que si se entregaban les respetarían la vida y que serían destinados a los batallones de trabajadores civiles o a la brigada antiaérea. 31 muchachos que creyeron en la propuesta se presentaron ante los nazis y de inmediato fueron maniatados, inyectados con algún sedante y ahorcados con pedazos de cable telefónico en los árboles de la plaza.

Por alguna razón, el pasado viernes 4 de septiembre el alto mando de Berlín contemporáneo decidió ponerse al corriente y perpetrar una nueva carnicería de civiles fuera de Alemania. Fue realizada en la provincia afgana de Kunduz, en donde los talibán habían robado a las fuerzas ocupantes dos camiones cargados con gasolina y empezaban a distribuir el combustible entre la población. Soldados alemanes ubicaron los transportes y pidieron a la fuerza aérea de su país que los bombardeara. Entre 56 y 134 civiles que rodeaban los camiones fueron asesinados por la aviación germana. La acción bélica tiene las características de un escarmiento; pero, por supuesto, en Berlín la canciller Angela Merkel salió a las cámaras a hacer pucheros en memoria de los fallecidos, a jurar que “estamos de luto por cada uno de ellos” y a rebuznar el conocido mantra contra el terrorismo. La hipocresía no tiene madre.


8.9.09

Cálculos

Y uno se pregunta cuántas masacres faltan, cuántas familias exterminadas, cuántos adictos fusilados, cuántas cabezas abandonadas en hieleras, cuántos secuestros, para que los propietarios de facto del país reconozcan que en 2006 cometieron un error gravísimo al poner a Felipe Calderón en la presidencia de la república y vayan a Los Pinos y le digan que, con la pena, pero que mejor se quite de ahí: que ya llevan tres años sin poder dormir tranquilos y que necesitan en el cargo a alguien con una mínima idea de lo que es gobernar, y lo convenzan de una solicitud de licencia indefinida y plena de compensaciones.

También podría ser que en el ánimo de los acaudalados pesaran, tanto o más que la violencia indetenible, el mercado nacional famélico, los miles de empresas quebradas, la irritación por la desmedida ineptitud en el manejo de la crisis, la incertidumbre ante las ocurrencias tardías de un gabinete que vive en la Luna mientras la economía nacional naufraga entre rebrotes inflacionarios, devaluaciones, recesión, caída de las remesas y de los precios petroleros, brotes epidémicos mal manejados y, eso sí, un boato injustificable y exasperante ya no se diga para las expectativas más básicas de justicia social y de decoro, sino hasta para las consideraciones de rentabilidad y eficiencia empresariales.

O no: puede ocurrir, en cambio, que en los cálculos de costo/beneficio de la oligarquía los contratos redondeados en cientos o miles de millones de dólares compensen las molestias por la inseguridad, la ruina del país y la marcha en dirección a estallidos sociales que, de todos modos, han sido ya estimados como parte de los gastos operativos de la concentración sin precedentes de la riqueza nacional. La maquinaria policial-militar se encuentra aceitada y curtida en ese embuste sangriento al que llaman “lucha contra la delincuencia organizada”; se dispone de grupos paramilitares y guardias privadas que en un momento decisivo se venderán al mejor postor —negocios son negocios— y la población en general ha venido siendo sometida a un intenso proceso de desensibilización ante la violencia, la destrucción y la muerte: un día con menos de diez homicidios se considera apacible y ya no pasa semana sin la noticia del asesinato de una persona prominente. Pero el acostumbrar a la gente a convivir con el asesinato no está tipificado en el Código Penal —así como el ahondar los efectos de una recesión no aparece en la lista de responsabilidades de los servidores públicos— y, por consiguiente, los integrantes del calderonato disfrutan, entre otras prebendas astronómicas, de cobertura amplia ante riesgos jurídicos.

Independientemente de lo que esté pasando con sus mandantes reales, es posible que Calderón y sus colaboradores sueñen aún con la posibilidad de prolongar la usurpación del gobierno hasta 2012, y acaso hasta con un milagro de última hora instrumentado como chanchullo que les permita incluso perpetuarse en él. El pre ex presidente podría albergar la fantasía de designar a un heredero, a la manera en que los infantes juegan a cocinar pasteles en estufas de plástico. Pero es probable que, en sus momentos de plena conciencia y de lucidez —que posiblemente los tenga—, el cruzado del empleo, la seguridad y el crecimiento económico se siente a negociar salidas impunes con un sucesor adverso. En todo caso, de los cálculos que hoy se hacen, los de este párrafo son los menos relevantes.

¿Y el resto de la gente? La gente se divide entre quienes (de seguro son la mayoría) reducen sus aspiraciones a un legítimo deseo de supervivencia frente al caos de violencia, recesión y bancarrota institucional al que ha sido llevado el país, los que se han rendido al constante ejemplo de cinismo que ofrecen los poderosos políticos, económicos y mediáticos, los que han recogido el guante de la violencia oficial y esperan su turno para lanzar el suyo, y quienes consideran necesario, y hasta imprescindible, preservar la civilidad que queda, la paz que queda y el México que aún sobrevive al ciclo Salinas-Calderón. Este último sector realiza sus cálculos en público: busca organizarse desde abajo, aprovechar todos los espacios de la legalidad para revertir la grave declinación nacional generada por los neoliberales y mafiosos que se hicieron con el poder público hace 21 años y restituir la vigencia de la Constitución, empezando por el Artículo 39, según el cual la soberanía nacional reside esencial y originariamente no en los cárteles de la droga, no en las televisoras y los bancos privados, no en Washington ni en las telefónicas y petroleras españolas, no en los desayunaderos políticos de Polanco, sino en el pueblo.